martes, 2 de agosto de 2011

La grandeza o la riqueza: La Cultura del Consumo.

"Nuestra relación con la gente se desarrolla a través de los objetos. La cultura del consumo no es superficial”

 “Casi todo lo que consideramos importante respecto de las personas que amamos, de la manera en que hacemos nuestro trabajo y de nuestra relación con la gente se desarrolla a través de las cosas”. 

 El antropólogo especializado en cultura material, Daniel Miller, asegura:

“Si uno mira las horas que pasa una madre buscando exactamente las cosas que sus chicos necesitan para estar a la par de sus compañeritos en la escuela, desde los botones de la ropa hasta las galletitas que llevan al recreo, está, claramente, demostrando su amor por ellos. Yo lo llamo la tecnología del amor, porque es así como funciona, expresándose muchas veces más a través de estos detalles materiales que a través de lo que la gente dice. Ahora, si consideramos la familia y las relaciones como base de la sociedad, no podemos considerar la cultura material como superficial” 

“La mayor parte de las veces los objetos expresan amor. Por supuesto que esto implica una presión considerable sobre los padres de bajos ingresos. El amor expresado a través de lo material es caro, por supuesto. Es lo mismo que la persona que siente que tiene que demostrar que ama al ser que está de viaje hablando con él o ella durante horas por teléfono, y que su amor, en definitiva, está simbolizado en la gran cuenta de teléfono. El gasto en sí es visto como un símbolo de amor. Otra vez: esto no es exclusividad de nuestra sociedad de consumo. Cuando trabajé con gente muy pobre en una aldea tradicional de la India, vi que la mayor parte de la gente estaba atada a un círculo de pobreza permanente por lo que gastaban en las bodas de sus hijos, que tenían que pagar durante toda la vida. Por supuesto que considero que el énfasis en los objetos y el gasto simbólico tiene un efecto negativo en cuanto a la pobreza que crea, pero esto es tan cierto de nuestra vida en grandes ciudades occidentales como en aldeas tradicionales de la India” 

“Pero siempre fuimos así, como lo demuestra el trabajo de campo de antropólogos en las sociedades tribales. Los indígenas estaban tan interesados en ropa y collares como cualquier fanático de la moda cuando empiezan las liquidaciones en Nueva York.” 

“Cuando los antropólogos trabajamos con tribus en Nueva Guinea, por ejemplo, vemos la importancia que esta gente les daba y les da a los objetos materiales. Asumimos que los objetos materiales son simbólicos y que representan valores morales o religiosos para ellos. Pero al ver lo mismo en las sociedades occidentales todos tendemos a caer en el lugar común de condenarlo, cuando la única diferencia entre nosotros y esas tribus es que hoy, en las grandes ciudades, tenemos una mayor cantidad de objetos. Un ejemplo reciente es el de un amigo antropólogo que está estudiando a los indios amazónicos. Los grupos ambientalistas dicen que estas tribus tienen muy pocos objetos, y asumen que por eso no les importa lo material. Ahora, según el estudio de mi colega, estos indios amazónicos son la gente más avariciosa y materialista que ha visto en su vida. El tema no es que no quieran objetos: es que no los tienen, pero una vez que los ven se vuelven mucho más extremos en su desesperación por ellos. Más que en Nueva York o París. Hay gente menos interesada en lo material que otra, pero puede estar en nuestra cultura o en cualquiera.”

En la ciencia de la economía de nuestras sociedades, esta sería una definición de riqueza: algo escaso y trabajoso de obtener. El caso es que en nuestras sociedades, por mucho que se aumenten estas riquezas no por ello dejan de ser escasas y trabajosas, porque las empresas nunca trabajarán para hacer que éstos se conviertan en abundantes y gratuitos, sino en recortar esta posibilidad. Están obligadas a reproducir el sentimiento de escasez en los consumistas, pero no sólo por objetos como collares y ropa, sino también en cosas vitales pa nuestra superviviencia.

La ciencia económica considera que “toda riqueza es necesariamente útil (se crean nuevas necesidades que antes no eran necesarias, por ejemplo el movil), pero no todo lo útil es riqueza (no se considera riqueza el aire, la luz, la lluvia etc aunque sean vitales)”
Pero como la producción es igual a “la creación de objetos que constituyen riqueza”, es fácil llegar al meollo del negocio: para inflar la producción, convierten en riquezas las cosas útiles que antes no lo eran, convirtiéndolas escasas o exigiendo esfuerzos que antes no existían para obtenerlas porque eran abundantes o gratuitas.

Lo mismo que hoy la luz solar o la temperatura ambiente que nos permiten ver y mantenernos con vida, el aire que respiramos, el agua que bebemos en un manantial de la montaña, las setas que recogemos mientras paseamos en otoño, o las lapas y mejillones que capturamos entre las rocas, no figuran ni en la producción ni en el consumo de riquezas, tampoco figurarían, en general, las capturas y recolecciones de los pueblos primitivos. Para que tales productos se inscriban en la producción y se consideren riqueza (costoso y escaso) hace falta que, por ejemplo, el disfrute de aire puro y de tranquilidad, inicialmente abundantes y gratuitos, exijan a los habitantes de las megápolis disponer de residencia secundaria o hacer desplazamientos, o contar con agua que exija infraestructuras, embotellaje y transporte, etc etc.

Para lograrlo, se recurre a la privatización o monopolización de estas cosas, o mediante la escasez que surge por una apropiación que elimine su capacidad de renovación, o bien por la aparición de necesidades nuevas y/o más escasas o por el cambio de gustos que siguen la moda, que precipitan la obsolescencia de los objetos. La obsolescencia programada es otro tipo de extraño comportamiento en nuestras sociedades, programando el fin de la vida útil de un producto de modo que este se torne inservible tras un período de tiempo calculado de antemano.

La extensión de propiedad privada juega un papel importante, porque la apropiación o posesión de estas cosas útiles las convierten en riquezas (porque tienen un valor de cambio)  y así los productos antes utilizados libremente se convierten en productos costosos y escasos: pone en el mercado cosas que antes estaban al margen del mismo y encarece otras. Así, la apropiación de territorios transcurre sin problemas cuando están despoblados o habitados por algunos “salvajes” indignos de ser tenidos en cuenta. Y si se colonizan territorios densamente poblados, como decía Benjamín Constant en 1813 “la guerra y el comercio no son más que dos medios diferentes de alcanzar el mismo fin: el de poseer aquello que se desea”

"La civilización que confunde a los relojes con el tiempo, al crecimiento con el desarrollo y a lo grandote con la grandeza, también confunde a la naturaleza con el paisaje, mientras el mundo, laberinto sin centro, se dedica a romper su  propio cielo".                  Eduardo Galeano.  
                               
Fuentes:
La economía en evolución: invento y configuración de la economía en los siglos XVIII y XIX y sus consecuencias actuales. José Manuel Naredo

2 comentarios:

Jose dijo...

Lo que se plantea al principio me parece muy interesante desde el punto de vista evolutivo.

No hay que caer en la falacia naturalista de asumir que todo lo natural debe ser bueno, pero esa avaricia incipiente, al verse en culturas tan distintas (algunas tan aisladas y con pocos materiales como los amazonas que mencionas) es llamativo.

Nuestra sociedad de consumo.. ¿sería sólo una exacerbación de un rasgo evolutivo antiguo que, como casi todo, en su momento fue útil y ahora nos complica la vida y nos genera dilemas éticos?

Excelente entrada, como siempre =)

Noemi dijo...

Ahí queda la pregunta! Gracias Jose.