domingo, 20 de noviembre de 2011

El mono desnudo: el mono espacial que orina (2ª parte)

"Si la población sigue creciendo al mismo ritmo, dentro de 260 años habrá una masa bullidora de 400.000 millones de monos desnudos. Pero no pensemos más en esta pesadilla, mucho antes nos habremos derrumbado como especie dominante"

"Deberíamos adaptar nuestros inteligentes adelantos oportunistas a nuestras existencias básicas de comportamiento, (...) sin negar nuestra herencia evolutiva."

Fragmento del libro "El mono desnudo", Desmond Morris:

"Si nuestra población sigue creciendo al espantoso ritmo actual, llegará un momento en que habremos de elegir entre ellos y nosotros. La cruda verdad es que, cuando la densidad de nuestra especie alcance determinado grado, no sobrará espacio para los otros animales. A menos que podamos colonizar otros planetas en gran escala, o que limitemos seriamente el aumento de población, no tendremos más remedio que eliminar, en un futuro no muy lejano, todas las otras formas de vida sobre la Tierra.

Si esto les parece demasiado dramático, observen las cifras concernientes al caso. Al terminarse el siglo XVII, la población mundial de monos desnudos era sólo de 500 millones. Actualmente ha alcanzado los 7.000 millones. Cada veinticuatro horas, aumenta en unos 150.000. (Las autoridades de emigración interplanetaria verán en esta cifra un reto aterrador.) Si la población sigue creciendo al mismo ritmo -cosa que no es probable-, dentro de 260 años habrá una masa bullidora de 400.000 millones de monos desnudos sobre la faz de la Tierra. Dicho en otras palabras, la densidad que observamos hoy en nuestras ciudades importantes sería la de todos los rincones del Globo. Las consecuencias que esto tendría para todas las demás formas de vida es evidente. Pero el efecto que tendría sobre nuestro propia especie es igualmente aterrador.

Pero no pensemos más en esta pesadilla, la posibilidad de que llegue a convertirse en realidad es muy remota. Como se ha hecho resaltar a lo largo de este libro, seguimos siendo, a pesar de nuestros grandes adelantos tecnológicos, un simple fenómeno biológico. Por muy grandiosas que sean nuestras ideas y por muy orgullosos que nos sintamos de ellas, seguimos siendo humildes animales, sometidos a todas las leyes básicas del comportamiento animal. Mucho antes de que nuestra población alcance los niveles que se dejan apuntados, habremos quebrantado un número tan grande de las normas que rigen nuestra naturaleza biológica, que nos habremos derrumbado como especie dominante. Tendemos a dejarnos llevar a la extraña ilusión de que esto no ocurrirá jamás, de que hay en nosotros algo especial que nos sitúa por encima del control biológico. Pero no es así. Muchas especies interesantes se han extinguido en el pasado, y nosotros no constituimos la excepción. Más pronto o más tarde, nos iremos y dejaremos nuestro sitio a algo distinto. Si queremos que esto tarde en ocurrir, debemos estudiarnos a fondo como ejemplares biológicos, y darnos cuenta de nuestras limitaciones. Por esto he escrito este libro y por esto he insultado a nuestra especie, dándole el nombre de monos desnudos, en vez del más corriente que solemos emplear. Esto nos ayudará a conservar el sentido de la proporción y nos obligará a considerar lo que sucede debajo de la superficie de nuestras vidas. 

Pero quizá llevado por el entusiasmo, he exagerado mi tesis. Habría podido cantar muchas alabanzas y describir magníficas hazañas. Al omitirlas, he dado, inevitablemente, una versión parcial del caso. Somos una especie extraordinaria, y no pretendo negarlo ni menospreciarla. Pero esto se ha dicho ya muchas veces. Cuando arrojamos la moneda al aire, parece caer siempre de cara, y pensé que ya era hora de que le diésemos la vuelta para ver lo que hay en la cruz. Desgraciadamente, y debido a nuestro poderío y a nuestros éxitos en comparación con otros animales, la contemplación de nuestro humilde origen nos parece bastante desagradable; no espero, pues, que me den las gracias por lo que he hecho. Nuestra ascensión a la cima parece una historia de enriquecimiento rápido, y como todos los nuevos ricos, nos mostramos muy remilgados en lo tocante a nuestro pasado. Algunos optimistas opinan que, dado el alto nivel de inteligencia que hemos alcanzado y nuestras grandes dotes de invención, seremos capaces de resolver favorablemente cualquier situación; que somos tan dúctiles que podemos amoldar nuestra vida a las nuevas exigencias de nuestro veloz desarrollo como especie; que, cuando llegue el momento, sabremos solventar los problemas de la superpoblación, de la tensión, de la pérdida de nuestra intimidad y de nuestra independencia de acción; que reharemos nuestras normas de comportamiento; que controlaremos nuestros sentimientos agresivos y territoriales, nuestros impulsos sexuales y nuestras tendencias parentales; que nuestra inteligencia puede dominar todos nuestros básicos impulsos biológicos. 

Yo presumo que todo esto son monsergas. 

Nuestra cruda naturaleza animal no lo permitirá nunca. Desde luego, somos flexibles. Desde luego, observamos un comportamiento oportunista; pero la forma que puede tomar nuestro oportunismo está severamente limitada. Al hacer hincapié en nuestros rasgos biológicos, he pretendido demostrar en este libro la naturaleza de estas restricciones. Si las conocemos claramente y nos sometemos a ellas, nuestras probabilidades de supervivencia serán mucho mayores.

Esto no implica un ingenuo «retorno a la Naturaleza». Significa, únicamente, que deberíamos adaptar nuestros inteligentes adelantos oportunistas a nuestras existencias básicas de comportamiento. Debemos mejorar en calidad, más que en simple cantidad. Si lo hacemos así, podremos seguir progresando tecnológicamente, de manera impresionante y dramática, sin negar nuestra herencia evolutiva. Si no lo hacemos, nuestros impulsos biológicos reprimidos se irán hinchando más y más hasta reventar los diques, y toda nuestra complicada existencia será barrida por la riada"

"El problema del mundo no es que haya poco, sino que hay demasiado". Gandhi.