miércoles, 25 de noviembre de 2015

La violación sexual: negociar sexo por vida.

¿Por qué manos de piel oscura?
"En general, en una violación sexual pasa poco y nada de lo que se imagina vulgarmente. Son muy pocas las ocasiones en las que un desconocido sale de las sombras en un callejón sombrío y ataca a una mujer, cuchillo en mano, sin prolegómeno alguno, su brutalidad haciendo prescindible toda palabra o acción de la víctima. Igualmente inusuales son las violaciones en las que la mujer atacada ofrece la resistencia heroica que, hasta hace poco tiempo, solían demandarle los códigos penales. Tan inusuales como aquellas en que la víctima queda reducida a una cosa inerte, ya sea por el miedo o por una supuesta condición pasiva forjada en siglos de sometimiento a la dictadura patriarcal. ¿Qué diferencia, entonces, una violación sexual de cualquier otra relación sexual?" se preguntó Inés Hercovich, socióloga y psicóloga social que desde hace décadas se ocupa de investigar temas relacionados con las diferentes formas de discriminación de la mujer. Es pionera en el estudio de la violencia sexual contra las mujeres y en 1990 fundó el primer servicio de asistencia a víctimas de agresiones sexuales.


 Esta es la transcripción del vídeo de una de sus charlas (el vídeo abajo):
"Hoy, en este lugar, somos aproximadamente 5000 mujeres. 1250 de nosotras sufrió o va a sufrir en algún momento de su vida un ataque sexual. 1 de cada 4. Solo el 10 % va a hacer la denuncia. El 90% restante se refugia en el silencio. Una mitad, porque el hecho ocurre en el seno mismo de la familia o con alguien conocido, y eso lo hace mucho más difícil de vivir y de contar. La otra mitad no habla porque temen que no les crean. Y tienen razón, porque no les creemos

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Hoy quiero contarles por qué pienso yo que no les creemos. No les creemos porque cuando una mujer cuenta lo que le pasó, dice cosas que no imaginamos, que nos perturban, que no esperamos escuchar, que nos asombran. Nosotros esperamos escuchar historias como esta. "Joven violada en las vías del Ferrocarril Mitre. Ocurrió en la medianoche cuando volvía a su casa. La joven contó que un sujeto la asaltó por la espalda, le dijo que no gritara, que tenía un arma, que se quedara quieta. La violó y luego huyó". Cuando escuchamos o leemos una noticia así, inmediatamente se nos representa una imagen: el violador, un depravado de clase baja; la víctima, una mujer joven, atractiva. La imagen no dura más de 10 o 20 segundos y es oscura, es plana; no hay movimientos, no hay sonidos, es como si no hubiera personas. Pero cuando una mujer cuenta lo que le pasó, su historia no cabe en 10 o 20 segundos. El siguiente es el testimonio de una mujer a la que vamos a llamar Ana. Una de las 85 mujeres que yo entrevisté en el transcurso de una investigación que hice sobre la violación sexual. 

Dice Ana: 

"Habíamos ido con las chicas de la oficina al mismo pub que vamos siempre. Conocimos unos pibes y yo me enganché con un flaco re piola. Hablamos un montón… A eso de las 4 les dije a mis amigas que nos fuéramos; ellas quisieron quedarse. Entonces, el flaco me preguntó dónde vivía y me dijo que si me parecía bien, él me acercaba. Acepté y nos fuimos. En un semáforo me dijo que yo le gustaba y me tocó la pierna. A mí no me gusta que un tipo avance así, pero había sido amoroso toda la noche. Pensé: "No puedo ser tan paranoica, por ahí le digo algo y el tipo nada que ver y lo ofendo". Cuando tenía que doblar, siguió de largo. Pensé que se había equivocado y le dije, '¡Te pasaste!', pero algo feo sentí. Ahora pienso, ¿por qué no presté atención a lo que sentí? Cuando paró el auto cerca de la autopista, ahí sí tuve miedo. Pero me dijo que me quedara tranquila, que yo le gustaba, que no iba a pasar nada si yo no quería; me hablaba bien. Yo no le decía nada porque me daba miedo que se enojara y todo fuera peor. Pensé que podía tener un arma en la guantera. De repente se me tiró encima y me quiso besar. Le dije: '¡No!'; quería empujarlo, pero me tenía los brazos. Cuando me solté traté de abrir la puerta, pero estaba trabada. Igual, si salía del auto, ¿a dónde iba? Le dije que él no era la clase de tipo que necesita hacer eso para estar con una mina; que él también me gustaba, pero no de esa manera. Trataba de calmarlo, le decía cosas lindas de él. Le hablaba como si yo fuera su hermana mayor. De repente me tapó la boca con una mano y con la otra se desabrochó el cinturón. En ese momento pensé que me podía matar, ahorcar, ¿sabés? Nunca me sentí tan sola, como secuestrada. Le pedí que acabara rápido y me llevara a mi casa"

¿Qué les pasó escuchando esta historia? Seguramente, les aparecieron varias preguntas. Por ejemplo, ¿por qué no bajó la ventanilla y pidió auxilio? ¿Por qué no se bajó del auto cuando presintió que algo feo podría pasar? ¿Cómo pudo pedirle que la lleve a la casa? Ahora, cuando no estamos frente a una noticia en los medios, frente a una historia que alguien como yo les cuenta desde un escenario como este; cuando estamos frente a alguien que conocemos y que nos eligió para confiarnos su historia, lo que le pasó, vamos a tener que escucharla. Y vamos a escuchar cosas que no vamos a poder entender, ni aceptar. Entonces nos van a aparecer dudas, preguntas, sospechas, y eso nos va a hacer sentir muy mal, culpables. Entonces para defendernos de esa incomodidad, tenemos un recurso. Le subimos el volumen  a todas esas cosas de la historia que esperábamos escuchar: el revólver en la guantera, las puertas trabadas, el aislamiento del lugar. Y le bajamos el volumen a todas esas cosas  que no esperábamos escuchar y que no queremos escuchar: como por ejemplo cuando ella le dice que él también le gustaba, o cuando nos cuenta que le hablaba como si fuera la hermana mayor, o que le pidió que la llevara a la casa. 

¿Para qué sirve hacer esto? Para creerle, para poder confiar en que realmente ella fue una víctima. Yo llamo a esto victimización de las víctimas. Victimización porque para creer que es inocente y que es una víctima, necesitamos pensarlas inermes, paralizadas, mudas. Pero hay otro camino para deshacernos de la incomodidad, y que es exactamente el inverso: le subimos el volumen a las cosas que no esperábamos escuchar, como: "Yo le hablé bien", "Le pedí que me lleve a mi casa", "Le pedí que acabara rápido", y se lo bajamos a las cosas que sí esperábamos escuchar, el revólver en la guantera, el aislamiento. 

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¿Esto para qué sirve? Sirve para que podamos agarrarnos de las dudas, y sentirnos más cómodos con las dudas. Entonces aparecen nuevas preguntas, por ejemplo: ¿Quién la manda a ir a esos boliches? ¿Viste cómo se viste ella y las amigas, las minis, los escotes? ¿Qué esperás? Preguntas que, no son ciertamente preguntas, son más bien juicios y juicios que terminan en una sentencia: ella se la buscó. La sentencia se vería corroborada por el hecho de que ella después no cuenta que haya peleado para evitar la violación. Entonces quiere decir que no resistió, quiere decir que consintió. Si se la buscó y consintió, ¿de qué violación me hablan? Llamo a esto culpabilización de las víctimas

Tanto los argumentos que nos sirven para culpabilizar como para victimizar, los tenemos todos, todos en la cabeza, muy a mano, incluidos víctimas y victimarios. Tanto es así que cuando Ana llegó a mí, me dijo que no sabía si el testimonio de ella me iba a servir, porque no estaba segura de que lo que le había pasado hubiera sido una violación. Ana, al igual que la mayoría de nosotros, también creía que una violación se parece más a un robo a mano armada, un trámite violento que dura 4 o 5 minutos, y no al chamuyo de un joven agradable que dura toda una noche y que termina en un secuestro. Cuando sintió miedo a que la maten, sintió miedo a que le dejen marcas, y tuvo que entregar su cuerpo para evitarlo, ahí supo que la violación era otra cosa. 

Ana no había hablado de esto nunca con nadie. Podría haber recurrido a la familia, pero no lo hizo. No lo hizo porque tuvo miedo. Tuvo miedo de que a la persona que ella hubiera elegido para contarle, le pasara lo mismo que nos pasa a todos, y que es que surgen dudas y sospechas, esas preguntas, cada vez que se habla de un tema como este. Y si eso hubiera pasado, hubiera sido tal vez, peor que la violación misma. Podría haber hablado con a una amiga, con una hermana, muy difícilmente con la pareja: el menor atisbo de duda en su rostro o en su voz  hubiera sido devastador para ella, y probablemente el final de la relación. 

Ana se mantiene en silencio porque íntimamente sabe que nadie, ni todos nosotros, ni su familia, ni los terapeutas, mucho menos la policía o los magistrados, estamos dispuestos a escuchar lo que Ana SÍ hizo en ese momento. Primero y principal, Ana dijo "no". Cuando vio que su no era inútil, le habló bien, trató de no exacerbar su violencia, de no darle ideas. Le habló como si todo lo que estaba pasando en ese momento fuera normal, para no despertar en él el miedo a que ella después lo pudiera denunciar. Ahora, yo me pregunto y les pregunto: ¿todo eso que hizo ella no es resistir? No, no lo es para todos o casi todos nosotros, probablemente, porque no lo es para la ley. 

En la mayoría de los países, los códigos siguen pidiendo que la víctima, para probar su inocencia, digo bien, la víctima para probar su inocencia, presente marcas en el cuerpo que atestigüen que ella sostuvo una lucha "tenaz y constante" con su agresor. Yo les puedo asegurar que en la mayoría de los casos judiciales, no hay marcas que alcancen. 

Yo escuché a muchas mujeres. Y no escuché a ninguna hablar de sí misma como que hubiera quedado reducida a una cosa, sometida totalmente a la voluntad del otro.  Más bien, las escuché como asombradas y hasta un poco orgullosas de reconocer lo lúcidas que habían estado en ese momento, lo atentas a cada detalle, como si eso les permitiera tener algún control sobre lo que estaba pasando. Entonces yo pensé: "Claro, lo que las mujeres hacen en estas situaciones es negociar". Negocian sexo por vida. Le piden al agresor que termine rápido, para que todo termine lo antes posible y con el menor costo. Se someten a la penetración, porque aunque no puedan creerlo, la penetración es lo que más lejos las mantiene de una escena sexual o afectiva. Se someten a la penetración, porque la penetración duele menos que los besos, las caricias, las palabras suaves. Ahora, si vamos a seguir esperando que las violaciones sean lo que muy rara vez son: un violador que es un depravado de clase baja, y no un joven universitario o un empresario que salen de levante un viernes o un sábado; si vamos a seguir esperando que las víctimas sean mujeres modositas, recatadas, que se desmayan en la escena, y no mujeres seguras de sí mismas, vamos a seguir sin poder escuchar. 
Las mujeres van a seguir sin poder hablar, 
y vamos a seguir siendo todos responsables de ese silencio y de su soledad.


Emma Sulkowicz, artista, protesta cargando un colchón por la falta de acción de la institución después de haber sido violada en el año 2012.

Para profundizar más: https://www.dropbox.com/s/zbbvb4agc8q60eq/La%20violaci%C3%B3n%20sexual.doc?dl=0
Facebook de Hercovich: https://www.facebook.com/ines.hercovich?fref=ts

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me has hecho pensar mucho, muchas gracias.
Es un tema del que quiero hablar con mis hijos y creo que usaré alguna idea de aquí, sobre todo para el chico. Me cuesta más hablarlo con ella por las conclusiones. Por un lado ella ve lo que es violación y que es normal no resistirse violentamente (bien) pero que esto no es lo que se contempla al castigar (mal), el mensaje que queda es el miedo a salir y hacer su vida.

GONZALO MELENDEZ dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Gerardo Martinez Santiago dijo...

Uno de los rasgos de nuestra cultura en general, y de la jurídica en particular, es la persistencia del dualismo soma- psique. Sólo tratamos de entender el dolor del cuerpo físico; al dolor psíquico se le considera carente de "objetividad racional"
La narrativa del "cuerpo violado" -en quien ha sufrido el abuso- devela no sólo el recuerdo, sino la memoria corporal.
En el abuso sexual queda inscrita una especie de gramática: la del "poder" sobre los cuerpos; los "amos" de la vida y la muerte.
La existencia es simplemente una "negociación".
Y como decía Arturo Graf:
"La vida es un negocio en el que no se obtiene una ganancia que no vaya acompañada de una pérdida".