jueves, 21 de enero de 2016

La tarantella y la jota: la mordida de la tarántula.

Zerá que a mí me ha picao
la tarántula dañina,
y estoy toitico enfermo
por zu zangre tan endina.
¡Ze coman los mengues,
mardita la araña
que tié en la barriga
pintá una guitarra!
Bailando ze cura
tan jondo doló...
¡Mardita la araña
que a mi me picó!
Zarzuela "La tempranica" Gerónimo Giménez y Julián Romea. 1900.

“La picadura de la tarántula mantiene al hombre en su propósito, es decir, en lo que pensaba cuando fue picado” Leonardo Da Vinci.

"No es que unos mientan y otros digan la verdad; [...]; sino que la precisa desigualdad de los países, la idiosincrasia del insecto y del mordido, y otro cúmulo de circunstancias que alteran generalmente las cualidades de los cuerpos, son la verdadera causa de haber faltado en este suceso muchas de las notadas por los médicos italianos"  
1787, Francisco Xavier Cid, médico titular del Ilustrí.


Según el doctor Francisco Xavier Cid, la tarántula es un “ponzoñoso insecto” que provocaba “una picadura aguda bastante dolorosa”, pero también otros síntomas: “ansias, congojas, suma inquietud”, “desazón interior”, “desasosiego” o incluso “melancolía”. Y en España, al igual que en Italia, explica Cid, "también se predica ser necesario para la curación de los tarantulados que salten, brinquen o baylen hasta sudar, en cuya evacuación piensan consistir el remedio".

 "Porque unos cantan, otros ríen, otros lloran, otros saltan, otros duermen, otros sudan, otros tiemblan y, finalmente, otros hacen cosas extrañas. Empero a todos los accidentes tan discrepantes es un remedio común la música: la qual mientras dura, cada uno torna en sí mismo, y parece no tener mal ninguno, y cessando la voz, o los instrumentos, vuelve a su primer locura." escribió Pedanio Dioscórides Anazarbeo, médico, farmacólogo y botánico de la antigua Grecia.

Pero no toda música vale. En Italia, sólo el ritmo de la "tarantella" es eficaz. Tradicionalmente, esta danza procedente de Tarento, en la Italia meridional, región de la Puglia, en la que abundan las tarántulas. Los tarantulados o atarantados, en el siglo XVII, eran atendidos por violinistas en vez de por médicos. En Aragón, España, eran las jotas. "La jota aragonesa medicinal tiene otro movimiento que la ordinaria. Se toca aquélla mucho más deprisa que la jota corriente", escribía el antropólogo y musicólogo Marius Schneider.


Según la historiadora María Tusiet, fue "un fenómeno que se prolongó hasta los años cuarenta del siglo XX" Ella pudo entrevistar en 1999 y en el 2000 a las últimas personas que pudieron atestiguar este caso, en Fraga, Huesca (Pirineos). Por estas narraciones, supo que "el tarantismo representaba una terapia más que una enfermedad, ya que ofrecía la oportunidad de liberar tensiones acumuladas, además de suponer una excelente disculpa (admitida socialmente) para que los atarantados pudieran mostrar en público una hostilidad que no les era permitida en la vida normal"

"Lo primero que debía hacerse era trasladar al “picado” hasta Fraga en un carro lo antes posible para, una vez allí, tumbarlo en un colchón a la vista de todo el pueblo. Éste se colocaba bien en el patio de su casa, bien en la calle. Lo importante era que acudiera el máximo número de vecinos a cantar y a bailar alrededor del enfermo, acompañados de guitarras y otros instrumentos. En compensación, la familia del atarantado ofrecía un banquete a los asistentes, consistente en aceitunas, vino y embutidos (jamón, longaniza, chorizo, etc.). Ello suponía en más de una ocasión la ruina de las familias pobres, dada la numerosa concurrencia, que en varias horas podía agotar las reservas guardadas para todo el año"

"Para la gente era una fiesta: no lloraba nadie” le contó la vecina de Fraga Conchita Salarrullana. En julio de 1937, en plena Guerra Civil española, la llamada Columna Durruti (integrada por milicianos anarquistas) se hizo con el dominio de Fraga durante unos meses, llevándose a cabo una colectivización que abolió la propiedad privada, el dinero y el trabajo asalariado: “Se vivía sin dinero, todo se apuntaba en una libreta; además no había ni cine, ni baile, ni nada. La picadura de la tarántula fue ese año una auténtica fiesta en ausencia de otras diversiones [...]. Muchos milicianos iban allí de juerga, al patio de la casa” le contó también José Salarrullana.

Tanto la historiadora Tusiet como el antropólogo italiano Ernesto de Martino, coinciden en que el momento en que el número de los casos aumentaban, tanto en España como en Italia, era en la época estival, un período especialmente crítico que, como señalaba De Martino, suponía enfrentarse al “vacío vegetal y laboral posterior a la época de la cosecha” y “desafiar la inseguridad del nuevo año agrícola” un “tiempo simbólico de impedimentos existenciales” que se convertía en “una época de eflorescencia de todos los conflictos sin resolver"

 La picadura también coincidía con momentos críticos en la vida de sus víctimas, ya fuera por conflictos familiares, muerte de seres queridos, miseria, hambre, enfermedad y desamores.


Si bien es cierto que la siega, el espigueo o la vendimia, que se daba en la época estival, coincidían con el momento en que los arácnidos venenosos eran más numerosos y se encontraban más activos, habían diferencias entre los diferentes lugares en los que se daban los casos. En el sur de Italia, por ejemplo, eran las mujeres las victimas más numerosas. Eran picadas mientras trabajaban en los campos recogiendo las hojas del tabaco, lugar donde solían anidar las venenosas tarántulas y donde ellas trabajaban con falda y sin ninguna protección. Según la creencia popular, tras ser picadas por una tarántula esas mujeres acababan siendo poseídas por su veneno, causándoles trastornos emocionales y psíquicos, pero también exteriorizando el agotamiento físico y nervioso de esas mujeres debido a las duras condiciones de un trabajo precario bajo el sol de las áridas tierras del Salento.

Mientras, en la isla de Cerdeña, los picados eran en su mayoría varones y apenas se movían en la terapia. Simplemente, escuchaban la música y entraban en éxtasis.


Pero todas las fiestas de la tarántula coincidían en que se daba cierta ambigüedad tragicómica, donde se mezclaban las risas y las lágrimas, compasión y fiesta. Había una mezcla entre la alegría y el regocijo de la mayoría, la preocupación de los familiares y el dolor del o de la enferma, que sólo conseguía consolarse con la alegría de los demás.

"De este modo", explica Tusiet, "la diversión, entendida como desviación de las preocupaciones, constituía en sí misma una forma de caridad, cada vez más difícil de reconocer en nuestros días"

"...el símbolo de la tarántula comporta un ethos, es decir,
una voluntad mediata de historia, un proyecto de “vida
en común”, un afán por salir del aislamiento neurótico
para participar en un sistema de fi delidades culturales y
en un orden de comunicaciones interpersonales acreditado
tradicionalmente y compartido socialmente."
Ernesto De Martino.




Fuentes:
https://www.youtube.com/watch?v=iD8xD5hANsc
http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.php?ID=529
http://biblioteca2.uclm.es/biblioteca/CECLM/ARTREVISTAS/ALBASIT/Alb20Almendros.pdf
http://digital.csic.es/bitstream/10261/19978/1/82.pdf
Ernesto de Martino, La tierra del remordimiento