viernes, 19 de abril de 2019

El origen del trabajador precario y las personas tóxicas: la empresa mundo.

"La vida y el trabajo no se concilian, se integran. No trabajas para, sino que colaboras con; no te despiden, te desconectan; no te controlan, te valoran."

"Alguien me dijo que los riders de Deliveroo no eran precarios, sino microemprendedores independientes que están tomando las riendas de su futuro."
Jorge Moruno, sociólogo.


En la época del emperador Vespasiano, año 69 d. C. la orina y su amoniaco era vendida para el curtido de cuero como también para los lavadores de ropa para limpiar las togas. Por lo que dicho emperador decidió cobrar un impuesto por los urinarios públicos. Cuando Tito, el hijo de Vespasiano, se quejó ante su padre de la naturaleza desagradable del impuesto, su padre le mostró una moneda de oro y le preguntó si se sentía ofendido por su olor. Tito le dijo que no y en ese momento Vespasiano le respondió: “sin embargo, se trata de la orina“. A día de hoy se utiliza la frase “Pecunia non olet”, el dinero no huele, y aún hoy su nombre designa a los urinarios públicos en Francia (vespasiennes), Italia (vespasiani) y Rumanía (vespasiene).
Igualmente, observa el sociólogo Jorge Moruno, la lengua vernácula del capital siempre va a ser la explotación y la extracción de plusvalía.

Y también explica que la palabra "proletario" viene también de Roma, los que eran tan pobres que no tenían más que sus vástagos, su prole, a los cuales ponían al servicio del ejército romano, al servicio del imperio.

Pero el concepto de trabajo, tal como lo conocemos nosotros, surge a partir del siglo XVIII. Aquella actividad que se realiza de manera pública, social, ante los ojos de otros y que se entiende como una utilidad, es un invento de la revolución industrial. Anteriormente, la economía era "oikos", o economía del hogar. Casi todos los procesos productivos se desarrollaban dentro del hogar.

Moruno nos recuerda que antes de que el trabajo se convierta en una mercancia, como una fuerza de trabajo que se tiene que vender en un mercado, el conjunto de recursos comunes pertenecian al conjunto de la comunidad. Hoy, el trabajo de la sociedad capitalista es el trabajo creador de valor, el que reproduce el capital invertido en una mayor cantidad de capital, y el valor está fundamentado por el tiempo social de trabajo humano invertido en producir algo. Por eso, la sociedad capitalista considera que el trabajo de cuidados no es trabajo, porque se presupone que no hay un tercero que gane con ellos (a no ser que haya una empresa de por medio).

Entonces, para lograr que el trabajador se convirtiera en una mercancía que se tenía que vender en un mercado, se debía transformar o destruir esta idea de comunidad. El capitalismo siempre ha necesitado de una sociedad para parasitarla y asentar su propio dominio. El historiador E. P. Thompson cuenta sobre la transformación del tiempo interno de los trabajadores: antes comunidad, vida y trabajo venían a ser lo mismo. Los trabajadores no diferenciaban entre su vida y el trabajo. El capitalismo reubica esa temporalidad bajo el dominio de cronómetro, tiempo medido y cuantificable; y de la relación salarial, que se hace hegemónica. Así se crea la disociación entre tiempo de trabajo y tiempo de vida.

Pero el trabajo disciplinario de esa fuerza de trabajo se encuentra con grandes escollos, ya que esta población es profundamente reacia a someterse a los tiempos que van dictaminado la racionalidad del trabajo.
Los grandes escollos son:
- El rechazo a la fábrica de los trabajadores;
- El control del dominio de los obreros de oficio sobre los tiempos y los ritmos productivos (En el
siglo XIX, los obreros de oficio todavía bebían de los "secretos de los gremios", ese saber que se transmitía de generación en generación, y ellos tenían el monopolio de ese saber y su ritmo de trabajo.)
- Y la ausencia de obreros hábiles (por ejemplo, en 1863 cuando decayó la industria del algodón en Inglaterra, los obreros de máquina pidieron a la cámara de los comunes la posibilidad de emigrar, que se denegó. Eran obreros que tenían un talento, el manejo de esas máquinas, talento que todavía era complicado para el capitalista substituirlo).

¿Cómo se solucionó estos escollos para la acumulacion del capital?
A través de la disciplina, el control directo del patrón sobre el trabajador.
Y despojando a los obreros de oficio de ese saber sobre los ritmos productivos y los secretos de los gremios, esos talentos o saberes que se iban transmitiendo de generación en generación para poder desarrollar una tarea.

Así, se asoció al trabajador al ritmo de la máquina (y no al revés).

Aquí aparece Frederick Winslow Taylor y la racionalidad del trabajo. Calcular la mayor productividad en el menor tiempo posible, calculando cuántos movimientos es capaz de hacer una persona en el menor tiempo posible. De esta manera, se despieza ese saber de los obreros de oficio para poder aplicarle unas tareas rutinarias y muy fáciles de ejecutar por cualquier persona. Son trabajadores sin cualificar.

Con Henry Ford, por su parte, aparece la cadena de montaje. Incluye la estandarización de los productos y el posicionamiento de los trabajadores en el mismo sitio, colocando las mismas piezas. Sólo de manera coorporativa se genera todo un circuito y engranaje de producción y consumo, lo que conlleva una nueva manera de interpretar, sentir y pensar al ser humano y el nuevo tipo de trabajador al nuevo tipo de trabajo.

En 1914, Ford anuncia un acuerdo general sobre los salarios, que consiste en un aumento del salario
nominal, de 2,5 dólares diarios a 5 dólares (excepto a los jóvenes menores de veintiun años y a las mujeres). De esta manera se aseguró un aprovisionamiento continuo de la fuerza de trabajo, ya que a cambio, se exigía obediencia, controlando a través de inspectores, la rigurosidad moral que se les aplicaba (nada de alcohol, vivir en familias modélicas, buen uso del gasto del salario...)

“Un cliente puede tener su automóvil del color que desee, siempre y cuando desee que sea negro” decía en 1914 Henry Ford, que decidió que todos los Model T se fabricasen en un solo color, el negro. Así, el consumo se adaptaba a lo que se producía. A partir de los años 70, donde se dislumbra una vida más allá del trabajo, el capitalismo convierte en mercancia todas esas aspiraciones de una vida más rica. Entonces, la produccion depende del consumo. El consumo es el punto de partida de la propia producción. Hoy en día, nadie vende un producto sin antes haber recabado la mayor información posible para ver quien es tu target, tu objetivo o cliente, para ver a quien se lo venderás.

Hoy, continúa explicando Jorge Moruno, el capitalismo es extensivo e intensivo, y busca nuevos nichos de acumulación: si antes había cercamiento de tierras, ahora se añaden los cercamientos de culturas, emociones y mentes; donde antes se ponían cuerpos y brazos a trabajar, ahora también lo hacen las cabezas y la cooperación. Ya no solo se extiende en el espacio, ahora también se intensifica en el ser humano.

Te venden productos, y también imaginarios. No buscas un imaginario que se asocia a un producto, tú compras un producto que te conduce al imaginario que deseas. Antes la publicidad era "copy estrategy", que expresaba claramente las virtudes que prometía la marca, y ahora se trata de qué consigues tú cuando compras un producto. Es la economía de la atención, que es la capacidad que tienen las empresas en un mar de estímulos para captar tu cabeza, tu mente, tu atención durante un momento. Las declaraciones de Patrick Le Lay, director del canal TF1, es un ejemplo: "La función de TF1 es ayudar a Coca Cola a vender su producto. Lo que nosotros le vendemos a Coca Cola es tiempo disponible de cerebro humano".

Esto implica que el conjunto de las distintas facetas de la vida comunitarias, sociales y culturales se vean absorbidas por la propia relación capitalista. Cuando el conjunto de producción estética se somete al conjunto de producción de mercancias en general, no hay ningún rasgo de la vida que quede fuera del propio capital. Es la empresa-mundo, el mercado atraviesa cualquier forma vital, no hay forma comunitaria que esté al margen de la propia relación capitalista. No existe un afuera de la fábrica, la propia sociedad se ha convertido en una fábrica. En la modernidad, las identidades se construyen, y son fugaces. El conjunto de la vida ha sido subsumido y absorbido dentro de la empresa-mundo: fábrica es, hoy, todo el espacio de vida y tiempo de la vida sometida al tempo capitalista. La empresa ya no fabrica una cosa, un producto; ante todo produce el mundo donde ese producto se incluye a través del deseo. La empresa vende mundos a través de los productos, y solo partiendo de la producción de ese mundo podemos pensar el sentido que adquiere hoy el trabajo, la figura del trabajador, el productos y el consumidor.

Actualmente, la sociedad salarial está en crisis. Antes decías "no importa el trabajo mientras que me paguen", ahora es "no me importa lo que me paguen mientras tenga trabajo". El trabajo se concebía como la manera de hacer algo por la sociedad: el trabajador creador de valor. Hoy, la sociedad te permite el lujo de poder trabajar. El trabajo ha pasado de ser una forma que sirve para vivir, a ser un medio para servir, estando disponible constantemente. Cada vez más hay más gente que trabaja y sigue siendo pobre, ya no es un mecanismo integrador, no siempre te garantiza los medios de subsistencia. Pero, paradojicamente, sigue siendo necesario para integrarse, para ser ciudadano de derechos.

Los ciudadanos ahora somos marcas, productos que tenemos que saber vendernos en el mercado, donde somos accionistas de nuestra propia fuerza de trabajo donde debes ofrecerte para que el resto quiera captar tu valor. Que seas polivalente, que trabajes en grupo, capacidad de adaptarte, que seas "empleable". Contar con las capacidades necesarias que requiere un proyecto empresarial. Hemos pasado en dos siglos de fijar a la fuerza de trabajo en un puesto para que se discipline, sea sumiso, para que su cooperación esté totalmente sometido a lo que dicte el patrón... a tener que ser flexible, autónomo, pero bajo relaciones profundamente heterónomas, regidas dentro de la relación de la propiedad privada y del mercado. La heteronomía, esas normas que disciplinan la sociedad, son cada vez menos identificables y objetivables. Puedes moverte libremente hacia cualquier sitio, pero sin capacidad de ir a ninguna parte.

Si antes la relación de trabajo funcionaba como "quien no se mueve, no siente las cadenas" de Rosa Luxemburgo, ahora ésta realidad disciplinaria se describe mejor con "no hay cadenas en mis pies, pero igual no soy libre" de Bob Marley (Concrete jungle). De esta forma, la empresa somos todos, pero la empresa no es de todos, advierte Moruno.

En el Milán del siglo XVII, ante la expansión de una peste que iba haciendo estragos, prosperó entre los ciudadanos una acusación contra los untadores (untori), los que iban untando con sustancias infectas las puertas de la ciudad, ayudando así a extender la enfermedad.
Hoy, los parados son los sustitutos. Y las personas tóxicas. "Tóxicos" eran los activos financieros que lastran las inversiones de muy baja calidad que, según se detectan, salta la alarma y el resto de actores en juego huyen de ellos como de la peste, con tanta celeridad como la que tienen sus propietarios para deshacerse de ellos. El concepto de tóxico ha saltado de las finanzas a las relaciones sociales, especialmente a las labores. Parece ser que la palabra "tóxico" deriva del latín "toxicum" y del griego "toxikon pharmakon", que quiere decir veneno para las flechas. Las personas tóxicas desprenden un aura de malestar e incomodidad para el resto, para el buen ambiente de la empresa. Pueden ser personas que no aceptan de buen grado una jornada esclavista.

"No hay nada más importante en la gestión empresarial que el saber motivar a la gente. Una motivación vale por diez amenazas, dos presiones y seis memorandos" dijo Lee Iacocca, responsable de la creación del Ford Mustang  y las Minivans de Chrysler. La desaparición del jefe autoritario no significa la desaparición de las relaciones de explotación, al contrario, se incrementan. El jefe puede convertirse en "sentido común" (ser tu propio jefe) que sobrevuela nuestras vidas fuera y dentro del empleo, el que te pide objetivos, resultados. La jornada laboral importa menos, lo que importa es que "las cosas salgan": optimizar la acumulación capitalista, producir más, maximizar el beneficio. Eso significa que te responsabilizes autónomamente y que aumente tu grado de servilismo. 
Lo que importa son los "doers", los "hacedores", los que no tienen tiempo para comer, para tomar más que un café. Los que no tienen tiempo para dormir, y viven al límite.



Fuentes:
La fábrica del emprendedor. Trabajo y política en la empresa mundo. Jorge Moruno.
No tengo tiempo. Geografías de la precariedad. Jorge Moruno.
Conferencia de Jorge Moruno sobre la economía del trabajo en el marco del II Congreso de Economía 21, Universidad de Valencia, 27 de marzo de 2014.

3 comentarios:

Pepe Partidas dijo...

Muy buen artículo, súper interesante. Muchísimas gracias. Añado el blog a "Mis Favoritos". Un saludo!

pablo adolfo gustavo ferro dijo...

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Simon Durochefort dijo...

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