«Hay que desconocer lo que son flores y piedras y ríos
Para hablar de los sentimientos de ellos.
Hablar del alma de las piedras, de las flores, de los ríos,
Y hablar de sí mismo y de sus falsos pensamientos.
Gracias a Dios que las piedras son piedras,
Y que los ríos no son más que ríos,
Y que las flores son tan solo flores.
Por mi parte, hago prosa con mis versos
Y estoy siempre tranquilo,
Como el que no sabe más que mirar la Naturaleza
Sin opiniones sobre ella,
Porque la Naturaleza no tiene opiniones.»
Poema XXVIII de El guardador de rebaños de Alberto Caeiro (heterónimo de Fernando Pessoa)
Este artículo es una crítica abierta a la sociobiología y a la psicología evolucionista.
Comienzo por un libro del biólogo evolutivo y etólogo Richard Dawkins, de 1976: El gen egoísta. Resulta curioso que, en realidad, el título escogido por este autor era "El gen inmortal", pero por marketing, le aconsejaron utilizar la palabra "egoísmo". Como metáfora, repetía.
Y resultó. Fue un best seller. Su principal contribución fue señalar a un público no especializado (estamos hablando de 1976) que la unidad de la evolución no es el organismo, sino el genoma. Una buena metáfora sería pensar en lo que cuesta la tinta de una impresora, como si fuese sangre de unicornio. Porque lo importante no es la impresora (el humano) sino los genes (el cartucho). Esto también es una metáfora. Un claro ejemplo es que existen genes que si se "rompen", el organismo consigue más años de vida (como en la mosca de la fruta, o en los pequeños seres llamados "Caenorhabditis elegans") Es decir, un organismo no es como un coche, y los genes no son como la pieza de un coche que si se rompe afecta de manera negativa a todo el organismo. Los genes son inmortales.
Se podría resumir así: la idea de que el ADN busca replicarse al máximo, y que esto explica todo el comportamiento de plantas y animales. O como rechazar todas las atribuciones de intencionalidad a la naturaleza no humana, a menos que se trate de impulsar motivos capitalistas a, por ejemplo, hebras de ADN, en cuyo caso está perfecto.
Además, se piensa en los genes como mantenidos en un "ecosistema parsimonioso", como le dijo el propio Dawkins a la bióloga Lynn Margulis. Pero siempre hay cambios, climas cambiantes. Los propios genes mutan.
Una pequeña transcripción del debate entre Lynn Margulis y Richard Dawkins en "El homenaje a Darwin celebrado en Oxford en mayo de 2009 es así:
DAWKINS: "Si tomamos la historia estándar, ¿qué hay de malo en ella? Tenemos una distribución de animales. Tenemos un promontorio o una isla o algo así y se obtienen diferentes presiones de selección y, por lo tanto, uno comienza a evolucionar de una manera, otro comienza a evolucionar de esta otra manera, y ¿qué hay de malo en eso? Es muy plausible, es ECONÓMICA, es parsimonioso, ¿por qué demonios querrías la simbiogénesis cuando es tan poco parsimoniosa y ANTIECONÓMICA?
MARGULIS, "Porque está ahí."
Margulis falleció por un derrame cerebral que sufrió de forma repentina días antes mientras trabajaba. Le homenajearon con... un cráter a su nombre en Marte.
La primera fotografía de la doble hélice del ADN fue de Rosalind Franklin. Fue la
Fotografía 49, tomada en mayo de 1952. En ella, anota además que ya había calculado con precisión las dimensiones estructurales de la hélice y las capas de nucleótidos por vuelta antes de que su imagen fuera mostrada a James Watson y Francis Crick sin su consentimiento. Murió de cáncer por la exposición constante a la radiación de rayos X, una técnica clave que utilizaba en su trabajo de difracción para estudiar la estructura del ADN y otros virus. No tiene premio novel ni cráteres con su nombre en Marte.
El caso es que un gen solo no se puede copiar ni tiene una función. Y no siguen unos objetivos, es todo bioquímica. La mayoría de los genes como elemento funcional no hacen cosas al humano. Son como las instrucciones de IKEA. Tienen que cooperar, colaborar... Un gen único solo puede sintatizarse en nucleótido a través de las proteínas.
También hay genes parásitos que se llaman transposones, se copian y se insertan en el genoma. No tienen ninguna función para nosotros, simplemente nos quitan energías.
Menos en las mitocondrias, esos orgánulos de las células. El ADN mitocondrial se hereda exclusivamente por vía materna. Cualquier inserción de un elemento parásito destruiría un gen vital para la producción de energía (ATP), matando a la célula. Ciertas especies de murciélagos sí que han mantenido activos estos fragmentos de ADN "parásito" mientras que han desarrollado un sistema inmunitario y mecanismos de reparación de ADN extremadamente eficientes.
También existen plantas que liberan a esos gorrones para mutar y no tener tanto estrés.
Kathleen Gib, antropóloga biológica que se especializa en evolución y el desarrollo del cerebro y la cognición de primates y humanos, explica que la mayoría de los genes son pleiotrópicos -es decir, que tienen mucho más que un único efecto fenotípico. Cualquier comportamiento humano complejo estará influido por múltiples genes. Además, Gibson señala que el genoma humano comprende "aproximadamente 30000 genes y que los humanos y los chimpancés difieren entre sí sólo por un 1.6% de su ADN". Pero los humanos somos capaces de procesar cantidades mucho mayores de información que los simios, que se manifiesta en nuestra gran creatividad humana: la gran variabilidad de ideas, creencias y prácticas culturales en todo el mundo. Hay que añadir la epigénesis (interacción de los genes con información proveniente del medio, estímulos ambientales) y la plasticidad neural.
Aún con todo, se sigue explicando mediante la "razón" comportamientos propios del Homo Oeconomicus. En este mismo libro del gen egoísta, incluso se explica el abandono parental mediante esta maximización en la transmisión de los genes. Un progenitor puede abandonar a la descendencia para preservar energía y tener más descendencia con otra pareja.
En otro libro, "El Mono desnudo" de Desmond Morris, escribe literalmente: "Incluso cuando ha interrumpido sus ciclos mensuales en otras palabras, cuando está embarazada-, la hembra sigue respondiendo al varón. Esto tiene también particular importancia porque con el sistema un-varon-una-hembra sería peligroso defraudar al varón durante un período tan largo. Podría poner en peligro la vinculación entre la pareja."
O para explicar que las mujeres no cazaban:
"Las hembras estaban demasiado ocupadas en el cuidado de los pequeños para poder representar un papel importante en la persecución y en la captura de las piezas." Aunque se sabe que en el pleistoceno medio, para involucrarte en la caza grande debías sustentarte primero mediante la recolección.
¿Y qué hay de esta idea tan arraigada de que los machos compiten y las hembras eligen? Incluso la eyaculación masculina libra una "batalla".
A diario leo comentarios parecidos a "los seres humanos somos una plaga" u "ojalá nos extingamos". La narrativa del Antropoceno —originada en la geología— corre el riesgo de renaturalizar el cambio climático atribuyéndolo a la acción de la especie humana y no a la de las sociedades humanas, olvidando las dimensiones de poder y cultura que lo configuran.
¿Y que hay de esa idea de que, de manera natural "los hombres buscan fertilidad (juventud, belleza) de las mujeres y las mujeres hombres con recursos".
¿Solo ellos disponen de esos recursos, de su producción y control? ¿Qué hay de esas sociedades que mantienen una división de trabajo por género y complementario, de interdependencia? O sociedades como los kaulong de Nueva Bretaña (Papúa Nueva Guinea) que no solo no persiguen la fertilidad de las mujeres, sino que las consideran agentes biológicamente contaminantes que pueden enfermar gravemente a un hombre. ¿Qué podemos decir de esa promiscuidad natural en los hombres cuando tratamos el caso de los monjes budistas de Tailandia, figuras centrales en la sociedad y la cultura? Casi todos los hombres tailandeses budistas se ordenan como monjes o novicios al menos una vez en su vida.
Pero claro, los psicólogos evolucionistas sí las consideran excepciones culturales. Porque cuando la excepción está en otras culturas no dominantes, o en los pueblos originarios, aquí no se apela a la naturaleza humana, sino a la cultura.
David Buss en su libro "La evolución del deseo" sobre psicología evolutiva, explica que son los varones zulúes los que persiguen la ambición y la industriosidad en las mujeres más que las mujeres en los hombres. En este caso, sí que explica que se trata de la división cultural del trabajo en esa cultura en especial.
Como escribe la antropóloga Susan McKinnon en su libro "Genética neoliberal. Mitos y moralejas de la psicología evolucionista":
"(...) las estructuras innatas explican la preferencia de las mujeres por la ambición y la industriosidad (léase recursos) de los varones en ciertas culturas. Pero en otras, son estructuras culturales y no innatas las que explican la preferencia de los hombres por la ambición y la industriosidad de las mujeres."
Explica que naturalizar y universalizar los valores dominantes de una cultura "marginaliza otros valores culturales suprime una amplia gama de potencialidades humanas pasadas, presentes y futuras."
"Ha sido una premisa central de la antropología que, ya que el cerebro humano evolucionado está estructurado para permitir adaptaciones flexibles a entornos múltiples y cambiantes, los seres humanos sí tienen capacidad para el diseño inteligente y deliberado; es decir, tienen la capacidad de crear y transmitir, por medio del aprendizaje, distintos órdenes culturales que configuran las formas en las cuales entienden, experimentan y actúan en el mundo", escribe Susan McKinnon en su libro "Genética neoliberal".
Y continúa:
"Los psicólogos evolucionistas han invertido estas premisas: les conceden la capacidad intelectual de actuar a los genes y a la selección natural, al mismo tiempo que dejan a los humanos como intérpretes pasivos de una actuación que no es de ellos y de una lógica de la que no son conscientes."
"(...) los psicólogos evolucionistas han vaciado a la mente humana de todas las cualidades como la conciencia, la capacidad de acción y la creatividad que se vinculan normalmente con el pensamiento. Han transferido esas cualidades a los genes y a la selección natural".
Un poco como la "mano invisible" de la selección natural. El hecho de que los genes calculen sus intereses de acuerdo con una lógica de costo-beneficio, se basa en los valores culturales de la teoría económica neoliberal:
- Que las relaciones sociales pueden reducirse a relaciones de mercado;
- Que el "bien público" debería ser remplazado por la responsabilidad individual y los servicios sociales tendrían que privatizarse;
- Que la utilidad y el capital deben maximizarse por medio de la desregulación de los mercados -es decir que la competencia y el monopolio tiene que seguir su curso sin control alguno- en una "carrera a fondo" sin preocuparse por las consecuencias sociales.
Incluso hablan de la necesidad de maximizar el propio éxito reproductivo, e invertir en los propios hijos biológicos, genéticos. Hay autores como el periodista Robert Wright que hablan de una suerte de "hermandad lactante" en su libro "La evolución de Dios": la inversión parental en el lactante y los mecanismos de apego biológico son el pilar original del altruismo kinésico (por parentesco), el cual muta históricamente hacia alianzas culturales interétnicas y de fe común. Como si las mujeres no pudieran amamantar a niños que no están genéticamente relacionados con ellas. ¿Es que la transmisión cultural también está genéticamente dirigida?
La antropología vuelve a aclararnos que no. Existe la descendencia unilineal: patrilineal o matrilineal. La regla es casarse fuera del linaje. Los parientes genéticos más cercanos ya no estarán en el mismo grupo.
Pero es que también hay otros criterios para constituir grupos de parentesco. Por ejemplo, mediante la alimentación. Janet Carsten, una de las principales expertas en parentesco que hay en antropología, ha demostrado cómo en Langkawi, Malasia, el mecanismo para crear parentesco relaciona ideas de sangre con ideas de alimentación. Escribe:
"Me dijeron repetidas veces que las personas nacen con sangre así como la adquieren a lo largo de la vida en forma de alimento, que se transforma en sangre dentro del cuerpo [...] Los que comen la misma comida juntos en una casa también llegan a tener sangre en común."
De manera similar, para los iñupiat del norte de Alaska el parentesco tiene más que ver con “hacer" que con cualquier concepción biológica esencial de "ser"."
Lo explica la antropóloga Barbara Bodenhorn: "Es esta tarea -el trabajo de estar emparentado-, más que el trabajo de parto o el "hecho" de una sustancia compartida, lo que señala la esfera del parentesco entre el universo potencialmente infinito de parientes que pueden pertenecer o no."
"Lo que sabemos acerca de las relaciones de parentesco es que la mayoría de las veces son creadas y mantenidas precisamente para establecer y multiplicar redes de relaciones sociales, económicas y políticas, no para restringirlas" escribe McKinnon. "Es decir, la gente gasta alegremente recursos en parientes distantes y en personas no relacionadas precisamente para incorporarlos a una red de relaciones sociales que se constituyen como parentesco. El prestigio social no se deriva de la restricción de las relaciones de parentesco y de la acumulación de recursos para uno mismo y sus parientes más próximos, sino más bien de la expansión de las redes de parentesco y la difusión de recursos a través de una gran variedad de relaciones sociales."
"Esto nos indica la conexión entre las ideologías culturales del parentesco y la economía. Los regímenes de parentesco restrictivo -organizados por los valores de la cercanía biológica, el individualismo y la acumulación de capital- han surgido en circunstancias históricas y culturales especiales que no son función de una lógica genética natural y universal." Y añade que "el gasto de recursos en personas genéticamente no emparentadas o distantes es la esencia misma de la sociedad y de la jerarquía social. De hecho, se la ve como un requisito para la generación de vida y bienestar."
"Mientras las instituciones sociales humanas (matrimonio, divorcio) y los valores (criterios, preferencias) se les atribuyen a especies no humanas [a una mujer le gusta un buen nido tanto como a la hembra del pájaro tejedor], también se emplean términos relativos al comportamiento animal para describir el comportamiento humano (se habla consistentemente del matrimonio como apareamiento). En el curso de ese proceso, las instituciones y valores sociales que resultan centrales para las relaciones específicamente humanas son borradas por entero."
También la enorme variedad de comportamiento culturalmente distintos. Las capacidades mentales humanas y la cultura como marco de referencia para los humanos, son borrados para naturalizarlos y genetizarlos.
Las consecuencias son claras. Nos ciega a futuros alternativos (y pasados históricos). Es prescriptivo, naturaliza y universaliza la cultura. Borra la diversidad cultural,
la creatividad humana,
restringe preguntas y respuestas,
y tipos de mundos sociales que podemos imaginar y crear para nosotros mismos.
David Graeber y Andrej Grubacic, en la introducción al libro de Piotr Kropotkin "El apoyo mutuo: un factor en la evolución", escriben:
"Al menos dos campos de estudio (ciertamente superpuestos), la sociobiología y la psicología evolutiva, se han creado desde entonces específicamente para conciliar las ideas de Kropotkin sobre la cooperación entre animales con la premisa de que, en última instancia, todos estamos impulsados, como Dawkins lo expresaría, por nuestros «genes egoístas»."
"Ha habido una tendencia tan persistente en los estudios marxistas, y por extensión, en los estudios de izquierda en general, a ridiculizar el "socialismo de rescate" y el "utopismo ingenuo" de Kropotkin, que un renombrado biólogo, Stephen Jay Gould, se sintió obligado a insistir, en un famoso ensayo, en que "Kropotkin no era ningún chiflado".
Se trata de "(...) comprender cómo incluso el capitalismo se fundamenta en última instancia en el comunismo (“ayuda mutua”), aunque sea un comunismo que no reconoce; cómo el comunismo no es un ideal abstracto y lejano, imposible de mantener, sino una realidad práctica y vivida en la que todos participamos a diario, en distintos grados, y que ni siquiera las fábricas podrían funcionar sin él, aunque gran parte de él opere a escondidas, entre las grietas, en los cambios, de manera informal, en lo que no se dice o de forma totalmente subversiva. Últimamente se ha puesto de moda decir que el capitalismo ha entrado en una nueva fase en la que se ha vuelto parasitario de las formas de cooperación creativa, sobre todo en internet.
Esto es una tontería. Siempre ha sido así."
"No hay nada tan perverso en la naturaleza como nuestra idea de la naturaleza humana. Es fruto de nuestra imaginación cultural."
Marshall Sahlins. "La ilusión occidental de la naturaleza humana."











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