miércoles, 16 de febrero de 2011

El mundo de hoy: la persona en crisis y la dictadura del cuerpo

"La desigualdad del mundo es también y ante todo una desigualdad de los cuerpos."

Marc Augé. Antropólogo. Fragmentos del libro "Por qué vivimos"

En la actualidad el cuerpo es, ante todo, una imagen o, mejor dicho, millares o millones de imágenes que acosan, que fascinan, imágenes de las que se impregna el ojo de cada individuo. Las imágenes difundidas a través de los medios de comunicación -sobre todo la televisión, pero también el cine, los periódicos, la publicidad- son de diverso tipo, pero todas pertenecen a lo que podríamos denominar «nuestra nueva cosmología», una cosmología con vocación o pretensiones planetarias, que interviene en la moda, los deportes y las series televisivas cuyos personajes son más conocidos que los actores. Se nos presentan cuerpos esculturales que actúan -corren, saltan, marcan goles, ejecutan un revés que cae justo en la línea- o figuran a diario en situaciones que les imponen el ritmo de un desfile de moda. En las mansiones de Beverly Hills o en las playas de California que muestra la pantalla, los cuerpos están bronceados, los cabellos brillan y el decorado (casas, jardines, coches, playas) no es sino el joyero suntuoso donde se solazan los personajes.

El procedimiento de la cámara lenta permite, de cuando en cuando, contemplar el vuelo de un cuerpo que salta para atrapar el balón lanzado de un cabezazo, o el de otro que logra efectuar sobre la pértiga el último giro que le impulsa por encima de la barra, cuerpos que eluden, por un instante, la fuerza de la gravedad, al igual que las top model en los desfiles de moda, cuando se reproduce artificialmente, paso a paso, su coreografía. Este cuerpo liberado de todas las constricciones es el de los dioses de numerosas mitologías, incluida la religión cristiana, que evoca el cuerpo «glorioso» de Cristo después de su resurrección. Estas imágenes serían sólo simples imágenes si determinados eslóganes y realidades no las aproximasen a nosotros.

En primer lugar, circulan a la velocidad de la luz, y su omnipresencia en el mundo -por ejemplo, en la pantalla de los televisores instalados en los aeropuertos o los aviones- indica que son una expresión del empequeñecimiento del espacio y la aceleración del tiempo, rasgos que caracterizan nuestra época. Desde este punto de vista poseen un valor emblemático: son imágenes de nuestro tiempo y, por tanto, implícitamente normativas. Además, las recibimos (iba a decir: «las consumimos») en la soledad del espectador pasivo, ante nuestra pantalla o mientras hojeamos una revista de modo más o menos ocioso. Se dirigen específicamente a nosotros y, en ese sentido, nos incitan a encoger el abdomen o a fingir la distensión que precede a la actuación.

Por último, desde todo tipo de instancias se nos invita explícitamente a no fumar, a no beber, a controlar nuestra alimentación. Se trata únicamente de nuestra salud, pero numerosos anuncios (de agua mineral, de productos adelgazantes, etcétera) nos ofrecen también traducciones estéticas de estos regímenes saludables: los cuerpos esbeltos y ligeros como burbujas de aire que nos presentan establecen un vínculo entre nuestra miserable gravedad terrestre y los héroes de la pequeña pantalla. El cuerpo «glorioso» se convierte en el ideal para los que no quieren adentrarse en el terreno de los más pobres o en el de los descuidados.

Ante la imposibilidad de conseguir un cuerpo glorioso, insensible a la gravedad y a las restricciones espaciales, los individuos que pueden recurren a la ayuda de las tecnologías.
Las tecnologías cumplen un papel importante en la mejora del rendimiento y en el dominio especializado del deporte: los esquíes, el calzado, los trajes de competición -en atletismo y natación- ayudan a ganar décimas de segundo. 

El teléfono móvil, que en el futuro será un auténtico ordenador, permite, en principio, comunicarse desde cualquier lugar y con cualquier persona; los microordenadores portátiles incrementan aún más estas posibilidades y amplían el campo de la comunicación individual al mundo entero.

Sin embargo, en el mundo de la movilidad, los cuerpos suelen estar adscritos a un lugar de residencia. Mediante Internet, un periodista puede trabajar empleando bancos de datos e informaciones recopiladas por grupos especializados. El teletrabajo es una realidad. El cuerpo sedentario, adscrito a un lugar de residencia, está cada vez más alejado de los cuerpos gloriosos que muestra ocasionalmente la pantalla. Por tanto, el cuerpo asistido está condenado a cierto grado de frustración, pues sólo constituye un elemento dentro de un sistema. Su adscripción a un lugar de residencia o el hecho de que se pueda contactar con él en cualquier momento o lugar lo presentan como un cuerpo esclavizado, cuyas capacidades son utilizadas por otros.
 
Enfrentados de nuevo a las realidades del cuerpo, cabe preguntarse cómo se perciben en la actualidad.

Un antropólogo debe prestar atención a un hecho: casi todos los acontecimientos del cuerpo tienen una expresión social, porque afectan, o ponen en tela de juicio, a otros cuerpos y otros individuos. En los pueblos africanos donde trabajé, la observación del cuerpo desempeñaba una función esencial, pues se concebía como un emisor de signos. La relación con el otro está siempre presente en el cuerpo individual. 

¿Qué ha sido hoy del cuerpo?
Todos los avances de la medicina y de las técnicas tienden a la desaparición del cuerpo acontecimiento. Son incontables las técnicas disponibles para conjurar la aparición de la vejez y ayudar al cuerpo a disimular sus enfermedades o su decrepitud. Las lentes de contacto mejoran la vista y a la vez cambian el brillo o el color de los ojos; la porcelana garantiza a la sonrisa una eterna juventud. La piel puede estirarse para evitar las arrugas. El nacimiento es más seguro, el parto menos doloroso, menos peligroso; quizá no estamos muy lejos de la posibilidad de que las mujeres sean liberadas de la carga del embarazo, que podrá confiarse a un útero artificial. La técnica del trasplante ha progresado de manera espectacular; la clonación ofrece perspectivas vertiginosas e inquietantes en ciertos aspectos; tal vez algún día será utilizada para paliar las deficiencias del cuerpo y proveerle piezas de recambio. La exploración genética pretende favorecer la medicina predictiva y eliminar los riesgos de enfermedades hereditarias. Seguimos sufriendo, seguimos muriendo, pero las técnicas sanitarias limitan el sufrimiento y retrasan la muerte, si bien, claro está, sólo en las zonas tecnológicamente mejor equipadas del planeta.
 
El ideal de las sociedades contemporáneas parece ser, por tanto, conjurar el acontecimiento, controlarlo, controlar el cuerpo para controlar el acontecimiento. Podemos medir la importancia de dicho ideal a contrario a partir del pánico que suscitan en cada uno de nosotros las nuevas formas de epidemia. Desde este punto de vista, el sida ha suscitado un cambio de sensibilidad (desde el momento en que parecía desmoronarse nuestra capacidad de luchar contra los agentes infecciosos, en este caso un retrovirus). Pero aún más revelador es, sin duda, el miedo más reciente a las vacas locas. Es como si nos costase aceptar la idea de que no tenemos un control total de nuestra salud, ni un control total del acontecimiento o del cuerpo. Es como si, ante la evidencia de esta ausencia de control total, buscásemos en el acontecimiento aciago no sólo causas, sino también responsables, como ocurría en las antiguas sociedades africanas rurales. El historial médico adquiere un rango de asunto judicial. Pero la paradoja se expresa también en el deporte, tan importante en nuestra sociedad de imágenes cuando el cuerpo que más se acerca al ideal de cuerpo glorioso, el cuerpo del atleta de rendimiento inimaginable, se revela deudor de los productos que lo dopan. Este cuerpo que produce el acontecimiento es, en última instancia, el más medicado, el cuerpo objeto por excelencia, pero no lo es por su supervivencia ni por la de los demás (al contrario, los tratamientos que soporta representan una amenaza para él), sino por la ilusión compartida de eludir la gravedad y la tierra, es decir -última paradoja- el cuerpo en sí. El deporte, después de los nuevos miedos que nos asaltan, es sin duda la gran desilusión del mañana. 

El culto a la juventud corporal, tan vigente en la actualidad, es objeto de diversas críticas. La primera resalta la situación desigual de los humanos y es irrefutable: una parte del mundo se esfuerza en permanecer joven el mayor tiempo posible, mientras que la otra parte se plantea la cuestión de la supervivencia, la desnutrición, la hambruna y la mortalidad infantil. 


Marc Augé - Por qué vivimos.


2 comentarios:

laantropologiaencanoa dijo...

Buenísima cita sobre el cuerpo, a veces no escribo porque nosoy muy buena con la informática...no encuentro tu mail para escribirte directamente.
la cuetsión de la corporalidad tiene un peso paricular en las transformaciones..creo que aún no lo sabemos muy bien..trabajo la hominización también y lo digo incluso desde ese ángulo además del social. Un saludo Cecilia de la canoa.

Noemi dijo...

Sí, dentro de la antropología física el cuerpo es fundamental, la biología... Ahora estoy leyendo "El tercer chimpancé" de Jared Diamond, un antropólogo físico, es muy buen libro. Bueno creo que son cosas que nos viene bien saber para nuestro día a día, a veces se nos olvida que también somos animales y que lo extraordinario que buscamos está en lo ordinario. Los antropólogos tenemos mucho que enseñar, no crees? :)