«No basta despertar cuando amanece:
Hay que mirar al horizonte»
Antonio Machado.
"La satisfacción consciente singular y de tu relación con los demás, y la evidencia íntima del cuerpo. Son esos momentos a los que llamo pequeñas alegrías".
Marc Augé, antropólogo.
Cuenta la antropóloga, educadora e ingeniera Yayo Herrero en su último libro "Metamorfosis" algo que me ha llegado especialmente (aunque mucho de lo que escribe en este libro lo hace sobremanera). Antes de unas elecciones, tuvo la ocasión de hablar con una persona involucrada en la preparación de la campaña electoral de un partido. Yayo le expuso su preocupación por las múltiples crisis interconectadas y las respuestas distópicas que se ofrecían. Esta persona le respondió, entonces, que aún estando de acuerdo, existían estudios que afirmaban que ante un clima de desánimo se votaba mayoritariamente a la derecha, por lo que lo más sensato en ese momento era ofrecer mensajes positivos y esperanzadores. Proponer cosas que "importasen a la gente" y desarrollar una estrategia comunicativa "ilusionante". El problema, argumenta Yayo Herrero, es que las personas no somos tontas y tenemos capacidad para analizar las informaciones que recibimos y crear nuestras propias ideas al margen de los eslóganes bien calibrados para que una opción política aspire a convertirse en ganadores.
Pero es que precisamente la política reside en eso, en tener agencia: la capacidad de reflexionar conscientemente en las distintas direcciones que podría tomar tu propia sociedad, y poder tener la capacidad de ofrecer argumentaciones explícitas sobre por qué debería tomar un camino y no otro.
Y supongamos que hablo de tu trabajo, y de cómo evolucionan los eufemismos
laborales para enmascarar las cada vez más numerosas realidades negativas. Supongamos que bajo la palabra "ilusionante", los directivos te envían un comunicado llamado 'Plan de equilibrio', y que en dicha misiva afectuosa, te explican que hay que equilibrar entre gastos e ingresos, y para eso, adoptar “medidas de choque”. El “choque ilusionante”, como los autos, trata de la reducción del gasto: del gasto de personal, de compras y de servicios. Nada dice de los ingresos de las administraciones públicas. Y mucho menos de la subida salarial y sobresueldos de los propios directivos.
Y entre otras medidas, supongamos que alegan que hay que dar valía a la "planificación", que eso de conciliación de "la maternidad" es para los titulares. Que todo trata de "disposición", no de disponibilidad. Que no les place la palabra "calendario", teniendo otra palabrita que resulta ser más cómoda: "previsión". Y todo esto, supongamos que te lo lanzan bajo un aura de desenfado y relajación de costumbres, por lo que les impacta tu cara malicenta de acelga porque sientes rentabilizar cada milímetro de tu existencia.
Supongamos que insinúan que no trabajas porque no quieres e incluso te han colocado una suerte de barra de progreso sobre todas tus bajas en cada nómina. Que no entiendes que absentismo y ausentismo es lo mismo, aunque según el diccionario absentismo laboral sea algo deliberado... Pero eso no importa, porque ahora todas las incapacidades temporales son absentismo, incluidas las causadas por enfermedad, por el estrés laboral que te están dando, por ejemplo.
Además, supongamos que los directivos de tu trabajo declaran que hay demasiado "ruido", y muchos trabajadores se sienten poco motivados en su trabajo, poco “ilusionados”. Que hay que pensar en positivo. Supongamos que te gusta la antropología y has leído mucho sobre esto. No del ruido (que también) sino de este tipo ancestral de magia, la "magia simpática", como un fetiche o talismán que puede atraer lo que se desea. O el pensamiento ilusionante que atrae lo positivo. Supongamos que te colocas el sombrero de paja y seguro te vendrán las vacaciones pagadas.
Y que también gracias a la antropología, que te gusta mucho, tienes la costumbre de cuestionar los problemas estructurales, el orden de las cosas, desnaturalizar lo que se da por sentado y explorar los significados y prácticas e imaginas formas más liberadoras de vivir. Sabes que tu cara de acelga, que esa tristeza profunda, angustia, miedo, dolor, sentimiento de impotencia y soledad asintónica... no es algo individual ni patológico, es político.
Supongamos que de tu familia y comunidad (obrera, artesana, gremial) has aprendido que el trabajo bien hecho para nada es el que se hace a costa de los demás, sino que trata de lo que aportas al colectivo, y que por eso has asimilado que si dejamos de transportar, innovar, arreglar y remendar... que si bajamos los brazos, todo se desmorona. Que cuando nos referimos al trabajo esencial, no es más que las necesidades humanas como seres frágiles que somos, que cuidamos y nos cuidan. Y que nos hemos percatado, mal que nos pese, que estamos sobrecargadas, cobramos mal y estamos precarizados y humilladas a diario. Que no es normal que trabajar a destajo no siempre te garantice los medios de subsistencia. Que exigimos unas condiciones dignas, ni más ni menos, y que para conseguirlo, haremos ruido. MUCHO ruido, escándalo, ante la uniformidad, la disciplina y la marcha fija a una felicidad preaprobada.
Supongamos que lo que hace mucho que ha aumentado, (y no hay barra de progreso que valga), es la precariedad. Que debes estar disponible a tiempo completo (aunque no te lo paguen) para trabajar y comprometerte, y moverte a cualquier sitio sin capacidad de estar en ninguna parte. Que estás desposeída de una vida plena, de un tiempo propio, vendiendo el tiempo de vida a cambio de dinero. Y que por todo ello, no puedes sembrar ni cultivar ni vínculos sociales ni laborales. Que sientes que no tienes agencia política consciente ni sobre el mundo ni sobre tu mundo laboral. Y además, y esto es lo peor, que te hacen creer que “es que es lo que hay”, que solo te queda adaptarte, surfear ilusionado en un precario equilibrio soñando con alzarte en las olas del cambio permanente.
El "Plan de equilibrio" en el mundo laboral esencial es equilibrar eficiencia, control, protocolos, cronometraje... con sensibilidad, empatía, espontaneidad, integridad y cuidado. Y terminar cansados. Cansadas de estar doliendo en el cuerpo y pesando en el alma.
Que estás hasta el moño de que te vendan el “shinrin yoku” o los “paseos
inmersivos de bosque”, porque tampoco el bosque es un ansiolítico del que sacar rentabilidad, ni de la naturaleza de tu cuerpo, del agua que bebes ni del aire que respiras. Que sabes bien que el verdadero 'Plan de Equilibrio' está entre la mesura y la demasía, entre los límites y el crecimiento, entre la prosperidad y la resistencia. Todo ecosistema, incluido tu cuerpo o la concha de un caracol, usa la energía para crecer hasta que se detiene para incrementar la complejidad y estabilidad. Y todo ser vivo, incluido tú, lucha contra la entropía cultivando esta parsimonia, porque la entropía (el caos, el desorden) es literalmente la muerte. ESO es equilibrio.
"Poner la vida en el centro": ¿hay algo más céntrica que la vida misma?.
¿"Crisis de los cuidados"? ¿Esto significa la crisis de la vida?
En nuestro sistema económico socio-cultural actual (que apenas tiene quinientos años) no se entiende de regresión, ni de vigas ni de equilibrio. No se deja de crecer. Es el primer sistema económico esencialmente expansionista de la historia, que consigue plusvalía aún a costa de llevarse vidas por delante. Toma más de lo que da a cambio, agota recursos naturales y recursos humanos. Desgasta vidas. Recorta en gastos en lugar de exigir más ingresos. El egoísmo, el derrotismo, el crecimiento desmesurado... Todo esto no tiene nada que ver con la naturaleza humana. Nadie mejor que tú lo sabe, porque dominas lo que es esencial (y la antropología), y estás sobrada de equilibrio, de ilusión y de ruido colectivo para luchar por una vida plena, por unas condiciones laborales dignas y, supongamos, por todas las vidas del planeta.





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