martes, 11 de julio de 2017

Indígenas siberianos: chukchis, nivjes, jantis e inuit.

"Una baya y un manojo de hierba vivían juntos.
Una vez se fueron a la cama.
Por la mañana se levantaron, y la baya le dijo a la hierba:
"¡hierba, haz un fuego!".
Y el manojo de hierba empezó a hacer un fuego.
El fuego ascendió en llamarada y la hierba
también se convirtió en llamarada.
La baya se revolcó por el suelo, riéndose.
Rió y rió hasta partirse de risa.
Su casa se incendió."

Cuento Janti, años cincuenta.


Siberia es un territorio suficientemente extenso cómo para encajar toda
América del Norte en su seno sin que tocasen en ningún lugar a sus límites, y coger Alaska y todos los estados de Europa menos Rusia, y encajarlos en el margen restante. Ocupa algo más de ocho kilómetros cuadrados del norte de Asia. Sobrevolarla de un lado a otro requiere siete horas. La media de las temperaturas invernales está entre menos treinta y menos cuarenta grados centígrados, y puede llegar a menos sesenta, que es cuando "el coñac se convierte en almíbar, los árboles explotan, los leños cortados encienden chispas azules y el aliento expirado cae al suelo en una lluvia de cristales, con un crujiente susurro llamado el susurro de las estrellas", explica la historiadora Anna Reid. 

Su libro "El manto del chamán" describe la historia de las relaciones entre los pueblos siberianos y los rusos. Una historia de conquistas, pero también de supervivencia. Una recopilación de investigaciones en archivos y sobre el terreno, un paseo por la historia y los territorios de los sibirakis en los montes Urales, los jantis a lo largo del río Ob, los buriatos y los tuvas alrededor del Baikal y la frontera mongol, los sajas del nordeste del Baikal, los ainúes, los nivjes y los uiltas frente a las islas Kuriles y los chukchis alrededor del Estrecho de Bering. Aquí expongo algunos párrafos:


Siberia, explica, es un vasto continente con una población de 32 millones de personas de las cuales 1,6 millones son pueblos indígenas de distintas etnias. Cuando llegaron los primeros investigadores, vieron que generalmente, los pueblos indígenas siberianos estaban bien alimentados y sanos. Los jefes buriatos poseían decenas de miles de caballos, al igual que los evenkis que poseían renos, decoraban sus arreos con atractivas turquesas y aleación de plata ahumada, compradas a mercaderes de Bujara. La práctica de compartir la caza era un seguro contra la mala suerte, y las reglas de parentesco prevenían contra los desórdenes genéticos, y rescataban viudas y huérfanos. Creían que todo a su alrededor estaba animado, poseyendo personalidad y una fuerza viva. Como alguien le contó al antropólogo Waldemar Bogoras en el siglo XIX:

"Todo lo que existe vive. La lámpara pasea. Las paredes de la casa tienen voces propias. Incluso los jarrones de la sala tienen casa y tierra aparte. Las pieles que duermen en las bolsas hablan por la noche. Las cuernas que yacen en las tumbas se levantan por la noche y caminan en procesión alrededor de los túmulos." 

Cuando las montañas lanzaban rocas al aire estaban luchando, y la tierra temblaba gracias a la acción excavadora de los mamuts que expiraban al contacto con la luz del Sol. El Sol era un hombre con relucientes ropas que conducía a un rebaño de ciervos de cornamenta cobriza, y la Vía Láctea era un río obstruido por cantos rodados. Cómo en todos los pueblos indígenas, también los siberianos tenían su chamán o evenki "hombres que saben" que presidían las ceremonias sagradas, curaban al enfermo y adivinaban el futuro. "Agarra el problema", escribió el antropólogo Wenceslao Sieroszewski, "lo lleva al medio de la habitación, y, sin cesar en sus imprecaciones, lo ahuyenta, lo escupe de su boca, lo patea, y lo conduce con sus manos y aliento".

Algunos pueblos hablan idiomas mongoles, turcos o fino-úgricos, otros no poseen ninguna relación lingüística con el resto de la humanidad. Algunos grupos humanos aislados no saben quien es Putin ni saben de la Segunda Guerra Mundial. La mayoría se llaman "el pueblo del mar", "el pueblo del bosque", o "los seres humanos".

Dos etnolingüísticas, Olga Ossipova y Nadia Shalamova, se propusieron grabar las cinco lenguas
jantis (antiguamente ostyáks) antes de que desaparecieran. Aquellas lenguas veían el mundo observando minuciosamente los detalles físicos, como un dibujo científico preciso pero sin perspectiva. Por ejemplo, no tienen palabras para "pájaro" o "pez", sólo las palabras para las especies concretas. El 80% de su vocabulario consiste en verbos: "sentarse en un tronco", "sentarse en un tocón" y "sentarse en el suelo", se resumen en diferentes verbos. Poseen una extraordinaria gama de términos que tienen que ver con los sonidos: "el ruido que hace un oso caminando en medio de arbustos de arándanos" tiene su propia palabra; "el ruido que hace un pato aterrizando suavemente en el agua" tiene otra. Sin embargo, los nombres abstractos son pocos. Para la palabra "abundancia" simplemente dicen "muchas bayas". "Felicidad" es "mi corazón goza". Para nombrar aparatos modernos, usan símiles que la naturaleza les da: "fotografía" es "una charca de agua quieta"; "sombrero" se dice "un árbol de copa ancha que protege de la lluvia".

La mayoría de nivjes de Sajalín viven en Nogliki, una pequeña ciudad en la costa noreste de la isla. Lev Shternberg fue un prisionero político que en 1890 se le permitió hacer trabajo de campo en el lugar. Uno de los libro que había leído fue "El origen de la familia, la propiedad privada y el estado" de Friedrich Engels, inspirado en investigaciones estadounidenses sobre los iroqueses, el que aseguraba que el estado natural primitivo de la humanidad era practicar matrimonios grupales. La monogamia sólo apareció junto con el capitalismo y la importancia de la genética. "Al principio tenía miedo de creerlo" escribió Shternberg a un amigo, "pero cuando fui de yurta en yurta, y de familia en familia haciendo censos, le pregunté a todos cómo había que dirigirse a los diferentes miembros que eran parientes, y quién tenía derechos con quién. Luego estuve convencido." Descubrió que "una mujer agradable, excelente ama de casa, y madre de hijos" tenía catorce amantes con la total aprobación de su marido. Los nivjes estaban igualmente sorprendidos que Shternberg encontrase tales acuerdos inusuales: "¿Es posible que entre vosotros no sea así, que dormir con la mujer de un hermano sea malo?" Franz Boas le animó a escribir "La organización social de los gilyacos". 

Nueva Chaplino es un asentamiento mixto de chukchis e inuit (antes llamados esquimales) a diez
millas de Providenia. Un lugar donde se concentró como ganado a las gentes del lugar tras la caída del Telón de Acero. Cuando llegó el colapso de la Unión Soviética, los rusos huyeron matando todos los renos y llevándose todo consigo, y les dejaron que fueran ellos los que administraran el lugar. Allí, Reid conoció a una maestra, María Sigunilik. Ella le enseñó antiguas cartillas de lectura en lengua eskimo. Ahora que no podías comprar gasolina, le explicó el maestro Yuri, la gente estaba aprendiendo a conducir trineos de perros. Pero en el cementerio, muchos de los nombres aluden a personas jóvenes, ahogamientos o suicidios, uno de ellos el medio hermano de Yuri. Se ahorcó, "no pudo encontrar trabajo y estaba cansado", explica Yuri. A otro de los jóvenes suicidas, de 19 años, le gustaba la fotografía y quería viajar, así que al pie de su obelisco yacía su ofrenda: la funda de su cámara, sus zapatillas y su diccionario ruso-alemán. Todas las ofrendas estaban destrozadas, para evitar que el muerto encontrase el camino de regreso a la tierra y se llevase a los vivos.

"Hasta un ratoncito se enfada", reza un proverbio chukchi.

Los chukchis, por su parte, soportan su reputación de salvajes, intratables y
Chukchi, Jimmy Nelson.
bárbaros como pueden, y los chistes a su costa:
En uno, los chukchis le declaran la la guerra a China. Sorprendidos, Beijing envía una delegación para averiguar quiénes son, y se encuentran con dos hombres sentados en una tienda de pieles comiendo foca:
- ¿Son ustedes chukchis?
-Lo somos.
-¿Y quieren luchar contra nosotros?
-Eso es.
-¿Saben que hay mil millones de chinos?
-¡¿De verdad?! ¿Dónde os enterraremos a todos?

"¿Qué había averiguado de los indígenas siberianos?" se pregunta Ana Reid en el libro, "que eran tan variados que pocas generalizaciones serían verdad para todos ellos. Los últimos chukchis no podían agruparse con los sajas, numerosos y seguros de sí mismos, ni los contenidos tuvas con los cómodamente rusificados buriatos." "El rechazo del régimen soviético a reconocer la existencia de una cuestión de raza los había privado de un vocabulario impersonal para debatirlo, y muchos pensaban, justificadamente, que tenían cosas mejores de las que preocuparse, como tener trabajo remunerado y agua corriente.

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