lunes, 14 de febrero de 2022

Martha, la última paloma mensajera: las mascarillas, el meta-verso, y la economía de la atención.

"Entonces habrán nuevas enfermedades. Es un hecho fatal. Otro dato, igual de fatal, es que nunca podremos rastrearlos desde su origen."

 Escribió Charles Nicolle, Premio Nobel de Medicina 1928, en "Destin des Maladies Infectiques" (1933). Las causas: el impacto del ser humano en su entorno, la expansión de las poblaciones humanas, la desigualdad y el cruce de la barrera de las especies. Y recuerda que:

El conocimiento de las enfermedades infecciosas enseña a los hombres que son hermanos y solidarios. Somos hermanos porque nos amenaza el mismo peligro, unidos porque el contagio más a menudo nos viene de nuestros semejantes.

También somos, desde este punto de vista, cualesquiera que sean nuestros sentimientos frente a ellos, solidarios con los animales(...). Los animales a menudo portan los gérmenes de nuestras infecciones (...). ¿No sería eso motivo suficiente, terrenal, egoísta, para que los hombres miraran con solicitud a los seres que les rodean (...)? 

Es un lugar común pensar y decir que con el precio de un proyectil salvaríamos muchas vidas humanas, que con el de un acorazado construiríamos y equiparíamos laboratorios, fértiles en descubrimientos, y que, si los hombres hubieran puesto a disposición de eruditos el presupuesto de la última guerra, habrían reducido y borrado varias de nuestras enfermedades más graves."

"¿Dónde estabas o qué estabas haciendo cuando cayeron las torres gemelas?"
Recordamos la situación exacta, las emociones, las conversaciones casi palabra por palabra. Absortos mirando una pantalla, o buscándola para ver el directo, conscientes de que era un acontecimiento mundialmente histórico. Pero "¿dónde estabas o qué estabas haciendo cuando vino la epidemia?" Las epidemias son cosa distinta. Vienen y se fraguan desde abajo no como revolución, sino como visita, que es el significado original de la palabra "epidemia" en griego antiguo, "visita", llegada a un lugar. Una visita no bienvenida, que irrumpe en las rutinas de la gente común, que ni pretenden ni se imaginan que sus acciones tengan alguna consecuencia en la historia mundial. No se consideran partícipes aunque sí conscientes de que es algo que está cambiando el curso de la historia a nivel mundial. Quizás es que, como expresó Albert Camus, "la plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan." Y así los seres humanos pasamos por la historia, pasas que cosan, seguimos en la rutina de producir y consumir mientras, inmunodepresivos, la enfermedad nos consume. La palabra "consumo" en su origen tuvo ese significado, precisamente, de cómo las enfermedades debilitan, unas más que otras: la tuberculosis llegó a ser nombrada también como "consumo".


Pero hay otra palabra cuya etimología alude a esa solidaridad que recuerda Charles Nicolle en tiempos de gripe, la de la pandemia. "Pandemia" era una palabra que se usaba para describir un tipo de amor. Afrodita Pandemos (hija de Zeus y Dione), era el amor 'de todo el pueblo', del amor vulgar, la Afrodita capaz de pacificar y unir en un único cuerpo sociopolítico a los habitantes de distintas clases. Ese amor vulgar nada heróico, que nadie recuerda ni es evocador como las guerras preventivas o los empresarios donando o naves alunizando. El amor rutinario del mirar con solicitud, del silencio que acompaña y la comunicación no verbal, del mantenimiento como productividad, de la cordialidad y la identidad que late al ritmo de los demás.  
 
El amor vulgo que resiste aún en la corte, en la cortesía que es lo mismo que urbanidad, en ese baile de distancias y mascarillas que llevamos a regañadientes. Y es normal: en una forma de vida en la que prima la individualidad, a lo largo de la historia nuestro vestuario se ha ido desprendiendo de todo lo que tuviera que ver con el anonimato, de todo lo que escondiera la identidad: capas, pañuelos, velos o embozos y todo lo que tapara el rostro, símbolo supremo de la Identidad. Mostrar, descubrir, el desocultamiento ha sido en Occidente sinónimo de verdad, de transparencia y confianza, individualidad y modernidad.

Pero el distanciamiento será físico, que no social. Porque la conexión social humana es posible aún en la distancia. Aún cuando la TV nos escupe imágenes de egoísmo, caos y competición incluso en algo tan vulgo como hacerse con ingentes cantidades de paquetes de papel higiénico para ti y para los tuyos. 

Porque en el caso de los seres humanos, en una variedad de emergencias y
desastres, lo común es la cooperación y el comportamiento ordenado y regido por normas.
Incluso un altruismo notable: por la epidemia de Covid-19, se crearon múltiples redes horizontales de atención y apoyo. Rebecca Solnit en 'Un paraíso en el infierno', proporciona más relatos que
desmontan el mito de que tras los desastres repentinos, la gente se vuelve desesperada y egoísta.
De hecho, en los incendios y otros peligros naturales, las personas tienen más probabilidades de morir por no responder a las señales de peligro hasta que sea demasiado tarde, que por reacción exagerada o caótica ante ellos.

El comportamiento de las personas está continuamente influenciado por las normas sociales: lo que percibimos que otros están haciendo o lo que pensamos que otros aprueban o desaprueban. Incluso las ideas conspiranoicas, o negacionistas, que se autodefinen como pensadores autónomos al margen del rebaño, también aluden al "cada vez somos más" para resultar convincentes. La gran cantidad de redes sociales está sostenida bajo esta premisa, ganar afiliación o aprobación social.

La socióloga Shoshana Zuboff escribe sobre las palomas mensajeras en "La era del capitalismo de vigilancia" y compara su triste historia con el diseño de las redes sociales para inducir y exagerar esa querencia al rebaño humano, "sobre todo entre los jóvenes", que "cautiva nuestra atención con esos oscuros encantos suyos de la comparación, la presión y la influencia sociales". Explica: "los etnólogos llaman a esta orientación “hogar en la manada”, una adaptación de ciertas especies, como las palomas mensajeras y los arenques, que se dirigen a la multitud en lugar de a un territorio en particular". Para atrapar a miles de estas palomas a la vez, los recolectores utilizaron ese instinto: no estaban atadas a ningún territorio, el único 'hogar' que conocían estaba en la multitud. Por eso, unicamente tenían que atrapar algunas aves y atarlas con los ojos cerrados, que el resto de la bandada descendía para “atenderlas”. La última paloma mensajera murió en el Zoológico de Cincinnati en 1914. Se llamaba Martha.
 
"Mientras centramos nuestra atención en la multitud, los apresadores comerciales nos rodean con sus tecnologías y arrojan sobre nosotros sus redes", advierte Zuboff.
 
El problema es que siendo en realidad plataformas publicitarias, su objetivo es generar enganche y adicción gracias a la envidia y a la frustración perpetua de los consumidores ante la exigencia de mantener una "marca personal". "Esta intensificación comercial de la querencia al rebaño no puede sino complicar, retrasar o impedir la difícil negociación psicológica para alcanzar el equilibrio entre el yo y los otros", puntualiza.
 
Deseamos a toda costa sostener esa marca personal y el papel de emprendedor y coach de nuestro viaje vital. El ideal de los profesionales del coaching es "no cuestiones el mundosimplemente adáptate y además saca beneficio económico". "Piensa en positivo, si llueve tienes dos opciones, o quejarte o vender paraguas". Somos accionistas de nuestra propia fuerza de trabajo y el mundo es un mercado donde deben captar tu valor. La publicidad que te sugiere que "tú lo vales" y te desafía a que "seas tú mismo", lo que te pide es que seas ese "ave de señuelo", que encajes tu identidad en unos algoritmos coherentes, patrones reconocibles y estables para que puedan armar una publicidad más personalizada y poder captar así la poca atención que nos queda en nuestra ajetreada vida. 
 
Y en ese trajín debemos conseguir sostener una identidad virtual pero sin aristas ni ambages: compartir no lo que hemos vivido, sino lo que queremos que crean que hemos vivido. La percepción de una vida feliz, llena de experiencias y vivencias sin momentos aburridos ni rutinarios, sin ambigüedades ni contradicciones, sin desigualdades ni injusticias. Antes, el desocultamiento y la transparencia eran sinónimo de la verdad. Pero cuando la verdad es un enorme lodazal y todo está bajo sospecha, es más cómodo fijarse en lo que aparenta mayor grado de realidad: la apariencia y la actualidad. La incomodidad debe evitarse a toda costa, y la realidad incomoda.
 
Una vida repleta de algo así como la obsolescencia programada de la experiencia vital: paquetes de experiencias llenos de vivencias intensas y fugaces, novedades instantáneas llenas de "likes" que cuando acaban, (y acaban rápido), te azuzan a consumir más. La felicidad de la publicidad es solo un momento antes de que quieras más felicidad, explicaba Don Draper en la serie "Mad Men". 
 
Experiencias de vida como inversiones en bolsa, sobre las que ni puedes comprender sus procesos de cambio ni controlarlas en alguna medida a lo largo del tiempo y los espacios. Son reacciones e impulsos, sobresaltos. Cada vez más acotados por las burbujas de nuestros filtros, sin poder ver más allá de nosotros mismos y de los valores en relación con nuestra identidad. Evaluamos a todos en función de lo que pueden hacer por nosotros, y los tratamos en consecuencia.
 
Y cada vez más proclives a las dinámicas competitivas entre identidades políticas, avivadas por los algoritmos que refuerzan y radicalizan nuestro sesgos, porque la vida es una carrera donde hay ganadores y perdedores, y la ira y el miedo (como esa paloma que aletea desesperadamente) resultan ser el mejor cebo para el enganche. 
Nuestro avatar es el señuelo, y el distanciamiento social es cada vez mayor. 

Se nos expulsa a la multiplicidad sin capacidad de acuerdo, sin códigos de interacciones, sensaciones, experiencias comunes. Sin una vida reflexiva y comunal tejida en el cuidado. Un cuerpo social que sin reflexión ni atención, es incapaz de encontrar una narrativa o estrategia de solidaridad común, de compromisos comunes, y que solo reacciona a estímulos, no a acciones planificadas. 
 
Y del amor vulgar, del vulgo, de la diferencia como fortaleza, se pasa a las colectividades con escasez de solidaridad
. En el libro de Sara Schulman, "La gentrificación de la mente: testigo de una imaginación perdida", cuenta como en su edificio, eran los inquilinos más antiguos los que estaban más dispuestos a solidarizarse y organizarse para conseguir servicios y quejarse por los roedores o las luces fundidas, mientras que los inquilinos nuevos "están muy poco dispuestos a exigir cuestiones básicas. Carecen de la cultura de la protesta" en situaciones que exigía acciones colectivas. Preferían cruzarse con ratas en pasillos oscuros a tener que organizarse con los otros vecinos...
¡Y pagaban alquileres mucho más altos!
 
"Antes de la herramienta que empuja la energía hacia afuera, hicimos la herramienta que trae la energía a casa", escribió la escritora Úrsula K. Le Guin. Y lo explica de esta manera: el mayor invento de nuestros antepasados, antes de los palos y las espadas, fue el recipiente. Para meter algo que quieres y guardarlo o disfrutarlo o compartirlo. El recipiente como una canasta de mimbre, ideal para dispersar las esporas de las setas que contiene. Recipiente también es el hogar mismo, o el bloque de vecinos, que resulta ser el recipiente de personas. Incluso la persona misma como recipiente, llena de muchos yoes que fluyen, intersección de muchas fuerzas dentro y fuera, y que se resiste a una definición impuesta. O el carro de la compra, que en el tiempo de la espera del confinamiento se llenó de cervezas, chips, harina y levadura... Porque parecían ser todos los días iguales, y al tiempo lo ritualizamos con sucesiones rítmicamente regulares, con rutinas y repeticiones: tiempo de ejercicio, ágapes, videollamadas, cocinar, charla y cerveza, juego...

Y la espera continúa como Kairós, el nieto de Cronos en la mitología griega, ese momento idóneo entre el deseo y su satisfacción. La espera adecuada como práctica en el pensamiento utópico. Utopía siempre en el horizonte, decía Galeano, que sirve para caminar. "Esperanza activa", pide Joanna Macy. También es un recipiente la imaginación, para ir recolectando historias, valores y significados bioculturales diversos. Un recipiente de "ideas", palabra derivada del griego "eido", que significa tanto como "yo vi" como "yo sé". El desocultamiento.

No necesitamos de Internet para reproducirnos, sino del agua, la tierra, el sol. Las utopías tecnológicas alimentan la fantasía de un cuerpo inmortal, pero no alimenta a nuestro cuerpo. No necesitamos del meta-verso, sino del pluri-verso, donde sean seguras las emergentes y fluidas diferencias humanas en un mundo que, lo queramos o no, escapa de nuestro control. En un cuerpo que, lo queramos o no, es vulnerable, y contagioso, y terrorista. Quizás no la inmortalidad, pero si la sensación de una vida más larga y plena, se consigue con una mayor cantidad de tiempo de disfrute, de atención plena en lo real, de mirar y ver, de tocar otros cuerpos vulnerables. La biodiversidad nos ha dado una lección primordial: una comunidad diversa con una red compleja de interdependencias resiste mejor a los embates en la historia. Los monocultivos, la falta de diversidad, reduce los cortafuegos y atrae plagas y enfermedades.


 

Fuentes: 

"Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención" Jenny Odell.  

"La peste". Abert Camus.

"Destin des Maladies Infectiques". Charles Nicolle.

 "Un paraíso en el infierno. Las extraordinarias comunidades que surgen en el desastre". Rebecca Solnit.

"El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera". Andrea Köhler.

"La pandemia de la desigualdad. Una antropología desde el confinamiento". Jose Mansilla.

"El enemigo conoce el sistema. Manipulación de ideas, personas e influencias después de la economía de la atención". Marta Peirano. 

"La gentrificación de la mente: testigo de una imaginación perdida". Sara Schulman.

 "The Carrier Bag Theory of Fiction". Úrsula K. Le Guin.

 "Using social and behavioural science to support COVID-19 pandemic response". Jay J. Van Bavel, Katherine Baicker, Robb Willer, et a.

martes, 25 de enero de 2022

Ecocidio o "koyaanisqqatsi": acabar con la corporación antes de que nos mate.

“Incluso después de todas las luchas por el cambio climático, e incluso después de todos los compromisos públicos de esas corporaciones, todavía planean obtener ganancias mientras el mundo se derrumba a su alrededor”.

David Whyte. "Ecocidio. Acabemos con la corporación antes de que nos mate

"Si podemos compensar las molestias en un punto en el que los costes de la defensa en la preparación de los casos sean más altos que las potenciales compensaciones a pagar, por supuesto, lo consideraremos desde una perspectiva económica."  
Werner Bauman, director ejecutivo de Bayer (matriz de Monsanto).
 
 
Bauman disparó sin pestañear esta frase, en respuesta al largo historial de denuncias de cáncer debido al herbicida Roundup con glifosato. O "molestias".

El lema de las corporaciones es: "dejadnos hacer lo que más destruye y así dedicaremos una parte pequeña del beneficio que obtengamos a lo que detruye un poco menos". Así lo explicaba el director ejecutivo de la empresa de hidrocarburos Shell, Ben van Beurden: “Si debemos construir una planta de hidrógeno… esta no será financiada por un negocio de hidrógeno, sino por una de gas o petróleo”.

Escribe David Whyte, catedrático de estudios sociojurídicos, autor de "Ecocidio", en uno de sus artículos sobre la COP26 en Glasgow:
"La paradoja Van Beurden promueve un modelo de negocio que hace que el futuro del planeta dependa de cosas que están matando al planeta. Y por si esto no fuera suficientemente nefasto, nos deja en manos de las mismas corporaciones responsables de acabar con el planeta."
 
"Sí, sabemos cuál es el problema –las emisiones de carbono, el crecimiento
incontrolado de los mercados, la deforestación, el deshielo de los polos-, pero eh, aquí estamos, haciendo cosas increíbles. Buena parte del merchandising, los prototipos y los productos expuestos es realmente espectacular. El sistema de reconocimiento facial de Microsoft para reconocer aves zancudas; las plantas solares de SSE que empujan el agua desde los valles; la primera película de Hitachi sin energía de carbono; el coche eléctrico más rápido del mundo (239km/h) fabricado por Envision Virgin Racing… y un largo etcétera. Ciencia grotesca sin fin y talento para desafiar al clima."
 
Es el “lavado verde” (greenwashing).
 
¿Y qué hacemos con esto? Nos han arrebatado la oportunidad de pensar siquiera en una solución alternativa, porque nos convencieron de que interrumpir ese modelo de negocio supone un suicidio, porque ese es el modelo único para salvar el planeta. (La sociedad de la supervivencia pierde la capacidad de valorar la vida buena, nos recuerda el filósofo Byung-Chul Han). Y nos inducen a que nos  descorporeicemos, y que nos pensemos como corporaciones (empresas corporeizadas). Que seamos asesores empresariales o "coach" de nosotros mismos, leales a nuestros deseos y avatares, desprendiéndonos de todo vínculo, límite y responsabilidad, sin rendir cuentas a nadie, y compitiendo. Pero confiando plenamente en las soluciones de aquellos que crearon los problemas y que antes las negaron.
 
"Un futuro sin memoria, sin imaginación y sin comunidad, impulsa posiciones nihilistas -para lo que queda en el convento, me cago dentro-, atrincheradas -me ocupo de lo mío y de los míos y me defiendo del resto-, o de escapada "tranquilo que algo se inventará", escribe la antropóloga Yayo Herrero. Ella aboga por responsabilizarnos (que no sacrificarnos), por imaginar (que no fantasear), por recordar (que no pretender volver al pasado). Y cita al antropólogo Ramón Sarró quien aprendió de los baga de Guinea Conakry a mirar a su alrededor con doble filtro: 
 
"(...) a mirar un campo de mandioca y ver una selva sagrada, a ver el presente y vislumbrar el pasado (...) el truco consiste en saber ver las dos cosas, mirar con un ojo y ver la otra con el otro, tejer el hilo del presente con el hilo del pasado".


"Emoción" tiene su origen en la palabra latina "movere" y "emovere", moverse, agitar, perturbar. Nuestro planeta y todo lo que contiene, y el universo, es un lugar de movimiento, fuerzas de creación y destrucción. 
La vida solo existe si no estamos aislados de nuestro entorno. Si "la entropía (desorden de componentes) de un sistema cerrado va en aumento", ¿por qué existe la vida, algo que implica un nivel de orden inmenso? El surgimiento y persistencia de la vida es un hecho muy raro. Millones de átomos ordenados en moléculas, que forman células, que forman tejidos...
Pero los seres vivos, (todos los organismos vivos, ya sean virus, bacterias, plantas o animales), somos de todo menos un sistema cerrado. No estamos aislados de nuestro entorno, necesitamos respirar, alimentarnos, producimos desechos... En general estamos intercambiando materia y energía con el medio de manera constante hasta que nos morimos. 
 
Por eso estamos vivos, porque cooperamos con las otras formas de vida, y con nuestro hábitat. 
 
El problema es cuando perdemos este control. A escala local, el filósofo Edward
Casey llamó "Patología del lugar" cuando tu lugar se muestra nocivo. Por ejemplo, lo que le ocurrió a los habitantes de Hunter (Nueva Gales del Sur), una comunidad afectada por la minería de carbón activa. ¿Se puede sentir nostalgia cuando todavía permaneces en tu lugar? Sí, cuando las personas pierden "el consuelo o la comodidad que te da la relación con un hogar que está siendo desolado por fuerzas que se escapaban de su control", tanto por la misma minería como por la injusticia ambiental que deriva de ella, explica el filósofo Glenn Albrecht en "Las emociones de la tierra": "Cuando fuerzas que se escapan de nuestro control destruyen los límites del mundo que conocemos, así como sus leyes y su orden, el hogar se vuelve tóxico y se convierte en "nostalgia sin rumbo".
 
Los pueblos originarios aborígenes o navajos sufrieron esta crisis existencial cuando su mundo se derrumbó al ser despojados de sus tierras y reubicados en campos de concentración. Acabaron con la "tranquilidad del corazón" que te da un buen hogar, como lo definió la antropóloga Deborah Bird Rose, y todo a su alrededor era como "un amigo que actúa de forma extraña", "uggianaqtuq" como dicen algunas comunidades inuit. Los Hopi lo llaman "koyaanisqqatsi", que describe la vida desequilibrada y desintegrada. Cuando aumenta la entropía.
 
Los pueblos aborígenes, en Australia, interpretaban la conexión e interacción de su cultura con las posiciones de ciertas estrellas y constelaciones, y predecían así la variación estacional y los cambios en los ecosistemas que afectaban al sustento humano (alimento, cobijo, orientación...). Por ej. para los boorong la constelación Lyra tiene forma de faisán australiano, Loan, su tótem, y es un conjunto de estrellas que justo se deja ver cuando este ave entierra sus huevos, y desaparece cuando eclosionan. Todo esto lo narraban y lo narran en las historias de los Sueños.
 
"Si existe una experiencia de conexión con algo tan grande como para ser capaz de redimensionarnos y al mismo tiempo de hacernos sentir parte de un todo, es, sin lugar a dudas, la contemplación de un cielo con un número tan grande de estrellas como para ser tridimensional." aconseja la antropóloga Irene Borgna (Cielos negros: cómo la contaminación lumínica nos está robando la noche). “Un niño que crece sin estrellas será un adulto que no sueña. Pasar una noche bajo un cielo estrellado donde puedes admirar la Vía Láctea (nuestra casa en el universo) en toda su belleza es algo que te cambia: es como nadar en el mar, se te mete debajo de la piel.”
 
En las ciudades, hemos perdido el cielo nocturno por las luces artificiales, y así perdemos esta astronomía emocional.
 
"Se caían las estrellas del cielo y los hombres de reunían y decían: Va a haber guerra, que se caen las estrellas. Yo veía que se caían, se desprendían del cielo, pero yo no sabía ni lo que era una guerra cuando lo decían", le contó una mujer de Cauvaca (Aragón, España), Mercedes Sanz Gil, a la antropóloga Virginia Mendoza (Detendrán mi río). Y efectivamente, hubo guerra. Esas cosas horrorosas pasaban. Pero no había cielo que soportase la idea de que todo su pueblo iba a quedar sepultado bajo el pantano de Mequinenza por la depredación de un sistema económico y político sin escrúpulos: "es imposible que el agua cubra la torre". Porque era su río, ese río que conocían tan bien, que lo mismo te "daba la bofetada y los niños tenían que luchar por seguir vivos", como te devolvía fértil la tierra, el sustento de la vida. Tuvieron que decir adiós a su casa y a su mundo naufragado, en aras del "bien común", como otros 500 pueblos más. Nunca el río, en sus momentos más duros, sacrificaba tanto. 
 
Responsabilidad y esperanza activa en recuperar la memoria cultural y ecológica.
Tendremos que aprender de los que conservan su biodiversidad y su diversidad cultural, sus lenguas, que suelen ser los mismos, pueblos originarios. Memoria biocultural para el buen vivir sin destruir lo que nos rodea. La sociedad industrial ha olvidado mucho de su patrimonio biocultural. La extracción (que no producción) de material fósil, la tecnología y la desmotivación (des-emoción) por creernos al margen de la naturaleza, provocaron nuestro borrado de memoria biocultural que ahora necesitamos recordar y reinventar. Que siguen, como advierte Yayo Herrero, en lugares como las residencias de mayores. Por eso, "la detención de cada potencial destrozo cuenta, porque las vidas hay que rehacerlas en lugares concretos. Defender cada kilómetro cuadrado de suelo vivo, cada fuente de agua, cada casa que habita una familia, cada centro de salud, es aumentar posibilidades de vida", escribe.
 
Y los ecosistemas también tienen memoria. Abrir los bienes comunales a otros seres lo cambia todo.
"¿Cómo pude haber pensado que estaba sola?" se preguntaba la académica Germaine Greer mientras participaba en la restauración de la compleja salud de un ecosistema degradado en Cave Creek, Queensland, Australia. Mientras caminaba por la zona, tuvo el preocupante sentimiento de que la tarea era imposible. Hasta que se dió cuenta de que un ave había oxigenado la tierra rasgándola y creando montículos para buscar el lugar adecuado e incubar sus huevos. "Tenía miles de ayudantes... no, millones de ayudantes, equivalentes a cinco humanos. (...) Todos trabajábamos juntos: bacterias, hongos, reptiles, invertebrados, anfibios, pájaros y árboles, además de algún que otro humano."


Todo lo vivo e inerte está interconectado, pero las relaciones no son lineales, a la misma causa no le sigue siempre el mismo efecto. "No tiene sentido cristalizar principios básicos o buscar leyes naturales", advierte la antropóloga Anna Tsing. "
La moderna presunción humana no es el único plan para formar mundos: estamos rodeados de numerosos proyectos de creación de mundos, humanos y no humanos [...] y en ese proceso cada organismo transforma el mundo de todos los demás."  
"Sin los relatos de progreso, el mundo se ha convertido en un lugar aterrador. La ruina nos mira ferozmente [...]. No es fácil saber como construir la vida, y mucho menos evitar la destrucción planetaria. Afortunadamente, todavía tenemos compañía, humana y no humana."
"Yo practico las artes de la observación; examino el caos de los mundos en ciernes en busca de tesoros, que resultan peculiares y con pocas probabilidades de ser encontrados de nuevo, al menos bajo esa forma." 
 
De nuestros miedos.
 
 
De nuestros miedos
nacen nuestros corajes
y en nuestras dudas
viven nuestras certezas.
Los sueños anuncian
otra realidad posible
y los delirios otra razón.
En los extravíos
nos esperan hallazgos,
porque es preciso perderse
para volver a encontrarse.
 
Eduardo Galeano.
 
Fuentes:
Ecocidio: Acabemos con la corporación antes de que nos mate. David Whyte.
Ausencias y extravíos. Yayo Herrero.
Las emociones de la tierra. Glenn Albrecht
Cielos negros: cómo la contaminación lumínica nos está robando la noche. Irene Borgna.
Detendrán mi río. Viginia Mendoza.
La seta del fin del mundo: Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas. Anna Tsing 
White Beech: The Rainforest Years. Germaine Greer.
Getting back into place. Edward Casey 
El libro de los abrazos. Eduardo galeano.

 

jueves, 9 de diciembre de 2021

Antropología más allá de la humanidad: de setas, venados, árboles, lobos y pájaros de fuego.

«En esta época de desafíos medioambientales causados por los humanos, tenemos que acordar que las historias humanas y las no humanas forman parte del mismo conjunto de desafíos de investigación.»  

Anna Lowenhaupt Tsing.


Y el desafío de investigación de esta antropóloga fue uno de los hongos más valorados del mundo, la seta matsutake, pero también todas las redes de relaciones multiespecies en torno a ella. Eligió esta seta no solo por su alto precio, sino porque se la arregla para vivir en las ruinas que hemos creado. Y es que este hongo aparece tras la deforestación y los incendios, cerca y en relación mutualista con el pino rojo que germina en estas zonas. Aún así, en Japón se considera un manjar que puede llegar a precios astronómicos, porque ya apenas quedan matsutakes. Y esto es debido a que a partir de 1950, disminuyó la intervención en sus bosques y aparecieron otras variedades de árboles, que desplazaron al pino rojo. Su elevado precio permitió que fuera la única actividad económica viable en estos ecosistemas. 
Y comenzaron a importar del resto del mundo, por ejemplo de los bosques deforestados del noroeste estadounidense. Muchos de estos recolectores son refugiados de Laos y Camboya que lucharon en primera línea de combate por el bando estadounidense en sus países de origen. El matsutake se convierte así en el símbolo de ese acto de imaginación para sobrevivir en las ruinas del capitalismo, en las ruinas de un mundo que se queda sin recursos y sin ninguna estabilidad. “El matsutake realza las grietas existentes en la economía política mundial." "Muchos recolectores de Oregón son personas desplazadas de economías industriales, al tiempo que los propios bosques son los restos de la obra de la escalabilidad [del progreso lineal]"
“Aquí convergen muchas historias distintas que nos llevan más allá de los mundos burbuja para adentrarnos en cambiantes cascadas de colaboración y complejidad”.
 
"Porque la antropología no se distingue por su objeto, un rayo de luz sobre los seres humanos mientras deja todo lo demás en penumbra, sino por su manera de trabajar, que es la de aprender a través de la participación en/con otras vidas
", advierte otro antropólogo, Tim Ingold. Tsing utiliza los términos ensamblaje, conjuntos polifónicos, mundos multiespecíficos... Sea como fuere, explica "necesito ver como se unen diversas formas de vida, también formas de ser no vivientes", y las describe como potenciales historias en ciernes. Valga esta entrada para reconocer la importancia de esta etnografía multiespecie, a través de diversas historias.
 
El zoólogo Wouter Van Hoven fue llamado a analizar las causas de la muerte de más de 2000 antílopes sudafricanos, kudús, de la reserva Kruger en Transvaal, Sudáfrica... pero terminó investigando a las acacias. Van Hoven se dio cuenta de que los animales fuera de la reserva, libres, evitaban a las acacias kaffra, alimentándose de muchos otros árboles. Si las rumiaban, nunca lo hacían del mismo grupo de individuos, sino de acacias muy alejadas entre sí. Así mismo, las jirafas de la reserva evitaban las acacias cuando se acercaban a ellas en la dirección del viento y diversificaban al máximo su alimento. Pero los kudús de la reserva, confinados en un recinto especial, no tenían más remedio que comer siempre las hojas bajas y siempre de los mismos árboles. El árbol, viéndose gravemente amenazado, emitía al aire una señal a través de los poros de sus hojas. Esta señal viajaba hasta 45 metros avisando a otros árboles cercanos de la presencia de herbívoros. Una vez recibida la señal, las acacias comenzaban también a producir tanino antes de recibir la amenaza. El veneno se acumulaba en los pobres kudús hasta provocarles la muerte al cabo de pocos días.

Las mujeres Xhosa adoran su madera para crear sus pipas tradicionales.

Otro ejemplo sobre la comunicación entre los árboles es el que cuenta la bióloga Robin Wall Kimmerer, en su libro "Una trenza de hierba sagrada: Sabiduría indígena, conocimiento científico y la enseñanzas de las plantas". Describe a las especies veceras: las especies leñosas que dan mucho fruto en un año, y poco o ninguno en otro. ¿Y esto por qué?

"Cuando los árboles producen más de lo que las ardillas pueden comer, algunas
nueces se salvan de la depredación. Del mismo modo, cuando las despensas de las ardillas están llenas de nueces, las hembras satisfechas tienen más crís en cada camada y la población de ardillas se dispara. Lo que significa que los halcones tiene más crías y que las madrigueras de los zorros también están llenas. Hasta que llega el otoño siguiente y se acaban los días felices, porque los árboles detienen su producción. No hay mucho con lo que las ardillas pueden llenar su despensa, así que tienen que buscar alimento cada vez más lejos, exponiéndose a la vista de los halcones y zorros hambrientos, cuya población también ha aumentado. [Lo que hace que] la población de ardillas se desplome. Casi podemos imaginar a los nogales susurrándose entonces: "Apenas quedan ya ardillas, ¿no es este el momento para producir nueces?" Y las flores vuelven a dar una extraordinaria producción. Trabajando juntos, los arboles sobreviven y se extienden."
 
Y reflexiona: "La prodigalidad mutua podría parecer incompatible con la evolución y la supervivencia individual, pero es un error separar en este proceso el bienestar individual, de la salud del conjunto." En este caso, "cuando sacian tanto a las ardillas como a la gente, los árboles aseguran su propia superviviencia.(...) Del mismo modo, solo aquellos que saben leer la tierra para encontrar nueces y transportarlas a la seguridad del hogar, sobrevivirán a las nieves de febrero y pasarán ese comportamiento a su progenie, no por transmisión genética, sino mediante prácticas culturales."
Y si no encuentras nueces porque no has sido más rápido que una ardilla, siempre te puedes conformar pensando en el guiso de ardilla... bromea la biológa de la nación Aashinabe (EEUU).

En Arnhem Land, en el Área Protegida Indígena Mimal (Australia), hay un pájaro muy especial: Karrkanj le llaman, que significa "alborotador" en lengua dalabon. Es el Halcón Pardo, el pájaro de fuego. Coge con sus garras un palo ardiente de una fogata y deja caer el palo humeante para encender otro fuego en otra zona. A medida que los pequeños reptiles y mamíferos se escabullen de las llamas recién encendidas, Karrkanj se lanza en picado para alcanzar su presa. 
Es un ave muy significativa para los Rembarrnga y Dalabon, para los que el fuego es parte de la cultura y la historia de su tierra (Mimal significa fuego). El conocimiento experto del control del fuego es transmitido de generación en generación y se utiliza para incendiar de manera estratégica un patrón de incendios pequeños durante la estación seca y fría y así prevenir incendios forestales calientes y dañinos más adelante. En tiempos antiguos, sin calendarios ni aparatos, sabían cuando era el momento propicio observando los cambios climáticos, las estrellas o la luna. Y también, como el ave, hacían uso del fuego para atraer presas con el fin de darles caza, revitalizando los arbustos de los que se alimentaban.
Karrkanj es un auténtico alborotador, se salta los cortafuegos que producen los aborígenes para provocar incendios forestales no deseados. Y aún así, le consideran un amigo indispensable. Y no es el único ave rapaz que propaga fuegos, también lo hacen el milano negro y el milano silbador. Todos trabajan para la supervivencia individual, pero trabajan juntos para mantener el hábitat saludable. Después de todo, árboles autóctonos como los eucaliptos o la acacia mimosa, son capaces de renacer del fuego: sus cápsulas de semillas se abren gracias al calor, y el suelo rico en cenizas, resulta perfecto para su germinación. El eucaliptos es capaz de renacer a partir de unos brotes en dormición debajo de su corteza carbonizada. Su corteza secada y aplanada, servía de lienzo para los aborígenes. Y sus tallos, cuando los ahuecan las termitas, son la base perfecta de los diyeridús.

"Después de escuchar historias de nuestra familia y pueblos aborígenes en el norte de Australia, los investigadores ahora están trabajando para demostrar que los pirómanos voladores realmente existen. Piensan que es solo una historia inventada, y no lo es", explicaban hace tan solo unos pocos años, en 2018, los gestores de "Mimal Land".

El biólogo Milton M. R. Freeman contaba otro ejemplo esclarecedor sobre la
dependencia multiespecies, y en este caso fue el razonamiento de los inuit los que aclararon el entuerto. Se trataba de la cacería del caribú en la isla Ellesmere del Canadá ártico. Los científicos administradores de la fauna canadiense dictaron a los inuit que tenían que cazar sólo caribús grandes o machos, y sólo algunos animales de cada rebaño, con el fin de salvaguardar su ecosistema. Los inuit advirtieron que esa medida destruiría los rebaños más que su práctica tradicional de caza. Y eso fué lo que ocurrió: la población de caribús disminuyó de forma drástica. Los inuit explicaron que como ocurría en todo grupo social, todos los miembros caribú eran indispensables para la supervivencia de toda la comunidad. Todos tenían un rol, y los animales más viejos y grandes no eran menos. Tenían la paciencia y fuerza suficiente para excavar en la nieve y encontrar alimentos, y además, eran un buen modelo a seguir para los más jóvenes.

Los caribús también aparecen en el libro "Kings of the Yukon: An Alaskan River Journey" de Adam Weymouth. En esta obra se desarrolla una entrevista a Percy Henry, un anciano Tr’ondëk Hwëch’in, nación originaria de Canadá. Henry tenía ochenta y nueve años en ese momento (2018). Así explicó todas las muertes de caribús por ataque de lobos que preocupaban en esa zona:

"El lobo es el médico de todos los animales". “Él persigue al caribú. No los mata en la primera oportunidad. Podría, pero son entrenados por lobos viejos para no matarlos hasta que uno se caiga a un lado. Ese es débil. Así es como se mantienen saludables, haciéndolos sudar".

Pero ahora, dice Percy, los lobos jóvenes no saben qué hacer. Comenzó cuando el estado empezó a sacrificar lobos como una forma de proteger al caribú. Les dispararon a los lobos viejos, a los que entrenan a los cachorros. Entonces, contaba que veía lobos que entraban en los patios para atacar a los perros, lobos persiguiendo motos de nieve. "No se les ha enseñado a temer; no han recibido educación de sus mayores." No saben cómo comportarse correctamente, salen y se meten en problemas.
"Pero la gente no me cree, porque no se puede leer en un libro", se lamentaba Henry. Y sentenciaba: “el mundo era bueno, pero lo arruinamos”.

"La colaboración y la cooperación son fundamentales para los mamíferos sociales, y extremadamente importante para los primates." advierte Agustín Fuentes, antropólogo primatólogo. "Pero eso no significa que seamos buenos todo el tiempo, corriendo tomados de la mano por un campo de margaritas durante la mayor parte de la historia evolutiva. No, también nos agredimos unos a otros en la cabeza. Es solo que, en promedio, aquellos que pasaron todo el tiempo golpeando a otros en la cabeza no lo hicieron muy bien."

El historiador Rutger Bregman reafirma:
"Busque libros sobre la naturaleza humana y encontrará títulos como Demonic Males, El gen egoísta y The Murderer Next Door (El asesino al lado). Los biólogos asumieron durante mucho tiempo la teoría más sombría de la evolución, en la que incluso si un animal parecía hacer algo amable, se lo consideraba egoísta. ¿Afecto familiar? ¡Nepotismo! ¿El mono parte un plátano? ¡Explotado por un gorrón! Como se burló un biólogo estadounidense: “Lo que pasa por cooperación resulta ser una mezcla de oportunismo y explotación. […] Rasca a un "altruista" y mira cómo un "hipócrita" sangra". 
¿Y en economía? Lo mismo. Los economistas definieron nuestra especie como el
homo economicus: siempre con la intención de obtener ganancias personales, como robots egoístas y calculadores. Sobre esta noción de la naturaleza humana, los economistas construyeron una catedral de teorías y modelos que terminaron promulgando montones de leyes. Sin embargo, nadie había investigado si realmente existía el homo economicus. Es decir, no hasta que el economista Joseph Henrich y su equipo lo asumieron en 2000, al visitar quince comunidades en doce países de los cinco continentes, agricultores, nómadas y cazadores y recolectores, todos en busca de este homínido que ha guiado la teoría económica por décadas. En vano. En todas y cada una de las ocasiones, los resultados mostraron que la gente era simplemente demasiado decente. Muy amable."
 
Parece que ser homo economicus consiste en satisfacer los intereses propios, y utilizar los encuentros con el resto del planeta para maximizar estos intereses, permaneciendo inmutables a su influencia. Pero nuestra vulnerabilidad nos advierte que para sobrevivir necesitamos ayuda, que la superviviencia siempre involucra a otros, tanto dentro de nuestra propia especie, como entre especies distintas.
"El problema es que el progreso dejó de tener sentido", advierte Tsing. "Fuimos cada vez más los que un día alzamos la vista y nos dimos cuenta de que el emperador estaba desnudo." "Debemos buscar historias que se desarrollen a través de la contaminación, la transformación a través del encuentro". 
"Es en el contexto de este dilema donde las nuevas herramientas de observación parecen tan importantes".
 
Las cestas de mimbre juegan un papel fundamental en el mundo de la micología. Los agujeros del recipiente permiten esparcir las esporas para la reproducción de los hongos.

 
 
Fuentes:
 
La seta del fin del mundo. Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas. Anna Lowenhaupt Tsing.
Una trenza de hierba sagrada: Sabiduría indígena, conocimiento científico y la enseñanzas de las plantas. Robin Wall Kimmerer.
Rutger Bregman, Dignos de ser humanos: Una nueva perspectiva histórica de la humanidad.
Kings of the Yukon: An Alaskan River Journey. Adam Weymouth
The Nature and Utility of Traditional Ecological Knowledge. Milton M.R. Freeman.
En busca del Homo Economicus: experimentos de comportamiento en 15 sociedades de pequeña escala. Joseph Henrich.
Anthropology beyond humanity. Tim Ingold. https://www.waunet.org/downloads/wcaa/dejalu/feb_2015/ingold.pdf

https://www-bushheritage-org-au.translate.goog/newsletters/2020/winter/fire-birds?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=sc

https://onbeing.org/programs/agustin-fuentes-this-species-moment/

domingo, 28 de noviembre de 2021

La tarantella y la jota: la mordida de la tarántula.

Tengo un tormento dentro de mi pecho, que me consume y nunca se para.
Se estremece la tierra debajo de mis pies,
nunca hay un final para mi caída.
Lo que estás comiendo no tiene sabor,
para mi no hay luces ni colores.
La gente sabía como curarte, hay un mal nombres para eso, se llama Taranta.
Y ahora que los tiempos andan cambiando,
nadie puede sentir mi dolor.
Quien me trae el agua para sanarme.
A quien pido la gracia para curarme.
No sé si es taranta lo que siento,
pero no me deja tranquila y me vuelve loca.
Si es taranta, no me abandones,
si bailas solo no podrás curarte.
Si es taranta, déjala bailar, si es melancolía, échala fuera.
Taranta - Canzoniere Grecanico Salentino (ft L. Einaudi)
 

“La picadura de la tarántula mantiene al hombre en su propósito, es decir, en lo que pensaba cuando fue picado” Leonardo Da Vinci.

"No es que unos mientan y otros digan la verdad; [...]; sino que la precisa desigualdad de los países, la idiosincrasia del insecto y del mordido, y otro cúmulo de circunstancias que alteran generalmente las cualidades de los cuerpos, son la verdadera causa de haber faltado en este suceso muchas de las notadas por los médicos italianos"  
1787, Francisco Xavier Cid, médico titular del Ilustrí.
 


Según el doctor Francisco Xavier Cid, la tarántula es un “ponzoñoso insecto” que provocaba “una picadura aguda bastante dolorosa”, pero también otros síntomas: “ansias, congojas, suma inquietud”, “desazón interior”, “desasosiego” o incluso “melancolía”. Y en España, al igual que en Italia, explica Cid, "también se predica ser necesario para la curación de los tarantulados que salten, brinquen o baylen hasta sudar, en cuya evacuación piensan consistir el remedio".

 "Porque unos cantan, otros ríen, otros lloran, otros saltan, otros duermen, otros sudan, otros tiemblan y, finalmente, otros hacen cosas extrañas. Empero a todos los accidentes tan discrepantes es un remedio común la música: la qual mientras dura, cada uno torna en sí mismo, y parece no tener mal ninguno, y cessando la voz, o los instrumentos, vuelve a su primer locura." escribió Pedanio Dioscórides Anazarbeo, médico, farmacólogo y botánico de la antigua Grecia.

Pero no toda música vale. En Italia, sólo el ritmo de la "tarantella" es eficaz. Tradicionalmente, esta danza procedente de Tarento, en la Italia meridional, región de la Puglia, en la que abundan las tarántulas. Los tarantulados o atarantados, en el siglo XVII, eran atendidos por violinistas en vez de por médicos. 
 
No fueron pocos los investigadores que escribieron sobre este ritual. El antropólogo Ernesto de Martino criticaba la antropología de su época, la de los años 50, que trataba las otras culturas y sus prácticas como exóticas, curiosidades, pintorescas... y las más de las veces, como subdesarrolladas, o parte del pasado. Algo así como describía el escritor Eduardo Galeano a los Nadie: "que no practican cultura, sino folklore".

No solo Ernesto de Martino estaba en contra de este tipo de antropología, sino también el filósofo y sociólogo Antonio Gramsci, que escribió mucho antes de este tema pero sus escritos se publicaron al mismo tiempo. Dos hombres que, cada uno a su manera, intentaban contextualizar no solo en el momento histórico, sino que también resaltaban de alguna manera las relaciones de poder entre las culturas hegemónicas sobre las subalternas, las desigualdades que habían entre las personas en esas sociedades, de género, clase, creenvias religiosas...

Es más, Gramsci, que era de una zona campesina de Cerdeña, escribió una carta a su madre desde la carcel, para pedirle que le recogiera canciones y texto de las fiestas de las zonas rurales de Italia, y le decía que siempre estaba interesado en estos grandes temas porque no los consideraba memeces como los demás.

«Cuando puedas, envíame algunas de las canciones sardas que cantan por las calles en Boltano, y dime si aún hacen alguna fiesta, los certámenes poéticos; escríbeme los temas que cantan. La fiesta de San Constantino en Sedilo, y de San Palmerio, ¿las hacen aún? La de San Isidro, ¿es aún tan grande? ¿Permiten sacar la bandera de los cuatro marcos a hacer los pasacalles? ¿Hay aún capitanes que se visten como los antiguos milicianos? Tú sabes bien que estas cosas me han interesado mucho siempre; escríbeme y no te creas que son memeces...»

Y hay otra anécdota, que la cuenta el antropólogo Carles Feixa. En el año 1917, el gobierno había enviado a Turín una brigada de soldados de Cerdeña para reprimir a los obreros en huelga. El caso es que estos soldados sardos eran pastores pobres, así que algunos obreros pensaron en lanzarles un escrito invitándoles a «fraternizar con los obreros turineses y a no odiarles porque eran sus hermanos de clase». Un grupo fue a ver a Gramsci, que entonces era profesor en Turín, para que les aconsejara y revisara el manifiesto. Uno recuerda que lo reescribió hasta cuatro veces... Y aconsejó no poner la palabra “hermanos” ni tampoco “clase”. Dijo que para los pastores pobres de la Cerdeña, los obreros de Turín eran unos “señores” y no “hermanos”. Y la “clase” era la escolar, y no la social como nosotros la entendíamos. Había que hablarles claramente, de ricos y de pobres. Y claro, para estos soldados pobres, los ricos eran esos obreros en huelga, que eran ricos y les estaban traicionando. Así que había que decirles que los obreros de Turín no eran tan ricos, que se habían declarado en huelga contra los patronos porque no tenían pan y porque querían la paz. Y todo eso, en contacto directo, nada de escritos, y en dialecto sardo y con algún mediador sardo también. Gramsci fue uno de los mediadores, y se sorprendieron mucho que un profesor sardo estuviera apoyando a los obreros de Turín. Muchos soldados fueron luego obreros en esa ciudad."

Ernesto De Martino fue otro investigador que decidió profundizar en su propia cultura. En 1959 viajó a Salento, y en compañía de un psicólogo, un sociólogo, un etnomusicólogo, y hasta un fotógrafo, describió el ritual del tarantismo en su libro "La tierra del remordimiento".
 
En Aragón, España, eran las jotas. "La jota aragonesa medicinal tiene otro movimiento que la ordinaria. Se toca aquélla mucho más deprisa que la jota corriente", escribía el antropólogo y musicólogo Marius Schneider.


Según la historiadora María Tausiet, fue "un fenómeno que se prolongó hasta los años cuarenta del siglo XX" Ella pudo entrevistar en 1999 y en el 2000 a las últimas personas que pudieron atestiguar este caso, en Fraga, Huesca (en el llano del Baix Cinca). Por estas narraciones, supo que "el tarantismo representaba una terapia más que una enfermedad, ya que ofrecía la oportunidad de liberar tensiones acumuladas, además de suponer una excelente disculpa (admitida socialmente) para que los atarantados pudieran mostrar en público una hostilidad que no les era permitida en la vida normal"

"Lo primero que debía hacerse era trasladar al “picado” hasta Fraga en un carro lo antes posible para, una vez allí, tumbarlo en un colchón a la vista de todo el pueblo. Éste se colocaba bien en el patio de su casa, bien en la calle. Lo importante era que acudiera el máximo número de vecinos a cantar y a bailar alrededor del enfermo, acompañados de guitarras y otros instrumentos. En compensación, la familia del atarantado ofrecía un banquete a los asistentes, consistente en aceitunas, vino y embutidos (jamón, longaniza, chorizo, etc.). Ello suponía en más de una ocasión la ruina de las familias pobres, dada la numerosa concurrencia, que en varias horas podía agotar las reservas guardadas para todo el año"

"Para la gente era una fiesta: no lloraba nadie” le contó la vecina de Fraga Conchita Salarrullana. En julio de 1937, en plena Guerra Civil española, la llamada Columna Durruti (integrada por milicianos anarquistas) se hizo con el dominio de Fraga durante unos meses, llevándose a cabo una colectivización que abolió la propiedad privada, el dinero y el trabajo asalariado: “Se vivía sin dinero, todo se apuntaba en una libreta; además no había ni cine, ni baile, ni nada. La picadura de la tarántula fue ese año una auténtica fiesta en ausencia de otras diversiones [...]. Muchos milicianos iban allí de juerga, al patio de la casa” le contó también José Salarrullana.

Tanto la historiadora Tausiet como el antropólogo italiano Ernesto de Martino, coinciden en que el momento en que el número de los casos aumentaban, tanto en España como en Italia, era en la época estival, un período especialmente crítico que, como señalaba De Martino, suponía enfrentarse al “vacío vegetal y laboral posterior a la época de la cosecha” y “desafiar la inseguridad del nuevo año agrícola” un “tiempo simbólico de impedimentos existenciales” que se convertía en “una época de eflorescencia de todos los conflictos sin resolver"

 La picadura también coincidía con momentos críticos en la vida de sus víctimas, ya fuera por conflictos familiares, muerte de seres queridos, miseria, hambre, enfermedad y desamores.


Si bien es cierto que la siega, el espigueo o la vendimia, que se daba en la época estival, coincidían con el momento en que los arácnidos venenosos eran más numerosos y se encontraban más activos, habían diferencias entre los diferentes lugares en los que se daban los casos. En el sur de Italia, por ejemplo, eran las mujeres las victimas más numerosas. Eran picadas mientras trabajaban en los campos recogiendo las hojas del tabaco, lugar donde solían anidar las venenosas tarántulas y donde ellas trabajaban con falda y sin ninguna protección. Según la creencia popular, tras ser picadas por una tarántula esas mujeres acababan siendo poseídas por su veneno, causándoles trastornos emocionales y psíquicos, pero también exteriorizando el agotamiento físico y nervioso de esas mujeres debido a las duras condiciones de un trabajo precario bajo el sol de las áridas tierras del Salento.

Mientras, en la isla de Cerdeña, los picados eran en su mayoría varones y apenas se movían en la terapia. Simplemente, escuchaban la música y entraban en éxtasis.

Pero todas las fiestas de la tarántula coincidían en que se daba cierta ambigüedad tragicómica, donde se mezclaban las risas y las lágrimas, compasión y fiesta. Había una mezcla entre la alegría y el regocijo de la mayoría, la preocupación de los familiares y el dolor del o de la enferma, que sólo conseguía consolarse con la alegría de los demás.

"De este modo", explica Tausiet, "la diversión, entendida como desviación de las preocupaciones, constituía en sí misma una forma de caridad, cada vez más difícil de reconocer en nuestros días".
 
La fiesta siempre ha sido y será política, más bien política dramatizada. Sí es cierto que es transgresión, pero a través de la transgresión que se realza el orden social, las normas, las leyes... los límites. Y con la transgresión me refiero a esa oportunidad para anular de alguna manera el desarraigo, anular las distancias sociales, las jerarquías, los espacios privados... dominar otra vez lo que ahora llaman el espacio público, vamos, la calle. Es romper con lo rutinario, lo repetitivo, para volver a la libertad de lo posible, crear nuevas posibilidades. La buena fiesta expande la imaginación, otras posibilidades de vida dentro de las dinámicas de poder existentes.

Como la danza inquieta de la picadura de la tarántula que pretende romper con lo rutinario del trabajo para crear una comunidad más fuerte, y quizás una revolución. Por eso, una fiesta nunca es individual, es una tragicomedia que se presenta en común. Una vida colectiva y única frente a todos los peligros externos: el del paso del tiempo, el de la malas codiciones de vida y trabajo, y las pandemias. Por eso siempre y sobre todo la fiesta debe ser comunal, participativa, fraternal. Porque si bailas solo, no podrás curarte.


"...el símbolo de la tarántula comporta un ethos, es decir,
una voluntad mediata de historia, un proyecto de “vida
en común”, un afán por salir del aislamiento neurótico
para participar en un sistema de fidelidades culturales y
en un orden de comunicaciones interpersonales acreditado
tradicionalmente y compartido socialmente."
Ernesto De Martino.



 
 
(Aihwa Ong, antropóloga, explica la posesión por espíritus entre mujeres jóvenes malayas que trabajan en plantas de montaje electrónico, como respuesta a la introducción de relaciones capitalistas en su modo de vida campesina. Esto comenzó a principios de los años 70, con el asentamiento de empresas multinacionales en el país. En estas fábricas, se usan a las empleadas jóvenes como meros “instrumentos de trabajo”, y en muchos casos se les retiene el pasaporte ilegal, les crean endeudamiento, prácticas engañosas de reclutamiento, libertad de movimiento limitada, malas condiciones de vida y trabajo, multas y otras sanciones que les impiden renunciar. La posesión por espíritus les da la oportunidad de expresarse, reivindicando justicia en una situación de desarraigo y desigualdad, ya que carecen totalmente de voz y de influencia política.)

Fuentes:
https://www.youtube.com/watch?v=iD8xD5hANsc
http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.php?ID=529
http://biblioteca2.uclm.es/biblioteca/CECLM/ARTREVISTAS/ALBASIT/Alb20Almendros.pdf
http://digital.csic.es/bitstream/10261/19978/1/82.pdf
Ernesto de Martino, La tierra del remordimiento 
http://emilylorajames.com/tag/aihwa-ong/
 https://img.macba.cat/public/PDFs/ernesto_demartino_carles_feixa_cas.pdf