martes, 9 de marzo de 2021

La economía de la Atención: mercaderes del Tiempo.

"El tiempo es el material del que está hecha la vida".
Benjamin Franklin.

"El que lo obtiene todo, o lo recibe de inmediato, pierde la dicha de su disfrute. Kairós, el instante feliz, presupone siempre la espera: 

ese tiempo que en ocasiones es tormento, 

que a veces perdemos, beatíficos, 

y que siempre es un regalo." 

 Andre Köhler, "El tiempo regalado".


 
9 segundos, dicen que es el tiempo de atención de los humanos hiperconectados. De 9 segundos es nuestra capacidad antes de pasar a otra cosa, a conectar el modo automático, a darle a avanzar, a mirar el móvil, a hacer zapping, scrolling, linking. Hasta emerger y asombrarnos de la velocidad del tiempo. Los ingenieros de Google han calculado que el máximo tiempo de concentración de una pez condenado a dar continuas vueltas en su pecera es de ocho segundos, solo uno menos que nosotros.

La hiperconexión es el producto estrella de la llamada "Economía de la atención", que monetiza la atención humana. La atención es un bien escaso, no se puede acumular y ahorrar como el dinero, pero el dinero y la atención tienen en común que gastarlo en una cosa excluye gastarlo en otra. En el caso de la atención, para poder asimilar, procesar y actuar eficazmente sobre una información, debemos centrarnos en ella.
Así, el tiempo se convierte en un factor decisivo cuando realmente solo se puede prestar atención a una cosa a la vez. Pero el tiempo también es fijo y limitado. Cuando la atención se ve como un recurso escaso, crea la base para estudiar la era de la información como una economía de la atención.

Ya en 1971, durante un foro titulado “Diseñando Organizaciones para un Mundo Rico en Información”, el Premio Nobel de Economía Herbert Simon dijo proféticamente: “En un mundo rico en información, la riqueza de ésta significa la escasez de algo más: la escasez de lo que sea que consuma la información. Lo que consume la información es bastante obvio: consume la atención de sus receptores. Por lo tanto, la riqueza en información genera pobreza de atención y la necesidad de asignar esa atención eficientemente entre las abundantes fuentes de información que pueden consumirla".


Son múltiples las estrategias para crear el enganche, la captación. La economía de la atención apuesta por "la sorpresa, la risa, la ira, las creencias, las emociones, la indignación, la exageración, asociar al mensaje una «prima de viralidad» que le garantizará los reenvíos, a veces antes de ser leído, y le permitirá sobrenadar en un torrente de signos. ¿Cómo extrañarse de que la verosimilitud ocupe el lugar de la verdad, y el reflejo, el de la reflexión?" se lamenta Bruno Patino en "La civilización de la memoria de pez".
Dejamos de percibir el mundo para percibir noticias sobre él y, además, la atención se orienta hacia la noticia más chillona, ​​indignante, espeluznante y escandalosa, los instintos más bajos de la audiencia. Son relatos digitales que no se preocupan por la exactitud, sino del impacto. ¡Zasca!

La televisión y la radio ya eran los "instrumentos de industrialización de la captación de la atención humana" según Tim Wu (Mercaderes de la atención). Así que los gigantes de internet no tuvieron otro remedio que conseguir captar nuestra atención en otros momentos de nuestro tiempo de vida: en el transporte, en las colas, en los descansos... Hasta llegar al momento de la comida familiar, de la vigilia, de la amistad.
Y es que, explica Patino, "la herramienta exclusiva era la capacidad de conocer la identidad y el comportamiento de los individuos gracias a sus datos de uso. Nos referimos al "service for data", servicio a cambio de datos: quiénes somos, qué hacemos, qué nos gusta, algo que Google descubrió enseguida y Facebook explotó rápidamente." El algoritmo hizo el resto con la explotación de esos miles de millones de datos recogidos, para la publicidad dirigida y aumentar así la utilización de esos mismos servicios.

En 1985, Neil Postman (Amusing Ourselves to Death) explicaba que nos acercamos cada vez más al relato de "Un mundo feliz" de Aldous Huxley, una civilización seducida, esclavizada y sonámbula por el placer. En esta distopía «ya no es necesario prohibir ningún libro, pues nadie quiere leer».
"No tengo tiempo", pensarás. Y ésa es la otra historia.

"El ser-ahí que cuenta, calcula y mide el tiempo, que vive con el reloj en la mano, ese ser-ahí proclama: no tengo tiempo."
Martín Heidegger.

En la historia del capitalismo, el tiempo es dinero, y la velocidad voluntad de poder. Su historia es una sucesión permanente de innovaciones técnicas y tecnológicas para acelerar la velocidad de los tiempos de producción o de circulación, y conseguir así mayor plusvalía. Cuanto menor sea el tiempo en que se complete el ciclo del capital (dinero-mercancía-más dinero), mayor será la ganancia. La mecanización del trabajo abrió el camino a la aceleración sin fin, y el libre flujo de mercancías (la desregularización de los mercados) también generó la compresión del espacio (la cual, en última instancia, significa una compresión del tiempo).

Producir y consumir más rápidamente, a mayor velocidad, es el objetivo.
Nada más adquirir un producto, desear y comprar el próximo. John Kenneth Galbraith las llamó «aceleradores artificiales». La publicidad
es el arte de la seducción, y logra que nos tomemos los productos como un sistema de comunicación para expresar identidades, reconocimiento, afinidades, emociones... Un ejemplo: tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, en quince días se sustituyó el tema ecuestre de las tiendas Zara de Estados Unidos por ropa negra adecuada para el luto colectivo.
El problema es que los seres humanos somos archisociables, y nuestra comunicación no tiene fin.
 
Pero hay otras maneras para empujarnos al consumo: la obsolescencia programada o planificación deliberada de la reducción del ciclo de vida útil de una mercancía. O la novedosa perpetua actualización, para que los productos se vuelvan obsoletos y no operativos.
El "carpe diem" que reina en la actualidad induce a consumir experiencias: aventuras, espectáculos, tours, series... Son la mercancía ideal porque son transitorios, episódicos: pasan y se esfuman. Y algunos de ellos pueden volverse interminables.

Ya en 1900, el sociólogo y filósofo social Georg Simmel advirtió en "Filosofía del dinero":
"La ausencia de algo definitivo en el centro de la vida empuja a buscar satisfacción momentánea en excitaciones, satisfacciones en actividades continuamente nuevas, lo que nos induce a una falta de quietud y de tranquilidad que se puede manifestar como el tumulto de la gran ciudad, como la manía de los viajes, como la lucha despiadada contra la competencia, como la falta específica de fidelidad moderna en las esferas del gusto, los estilos, los estados de espíritu y las relaciones"

"Semiocapitalismo", lo llama Franco Berardi: "ya no existen cosas materiales, sino signos; ya no hay producción de cosas como materiales visibles y tangibles, sino producción de algo que es esencialmente semiótico": un sistema de intercambio de signos. La producción de valor no está en "la intervención generativa de la materia física y el trabajo muscular", sino en el intercambio de signos. Y puede realizarse en milisegundos, como en los intercambios financieros a través de múltiples computadoras.

La política también se vuelve cortoplacista, se moldea a los eventos cotidianos, a la coyuntura y sus líderes son individuos carismáticos que prometen eficacia y velocidad. El más rápido es el más poderoso, y cuanto más poder se tiene, más rápido se puede ser.
 
Las galerías de arte en Nueva York tienen como norma incuestionable que el timbre del teléfono de la recepción no puede sonar más de dos veces y que los correos electrónicos deben ser contestados en menos de doce horas. El trabajador debe tener siempre disponibilidad completa, ser flexible y dinámico.
"Yo no estoy en el negocio, yo soy el negocio", le responde a Deckard la replicante Rachel en la película Blade Runner. "Negocio" deriva de las palabras latinas nec y otium, es decir, lo que no es ocio. Ocio se identifica con "scholé", escuela, algo así como cultivar el espíritu. La productividad se ha adueñado también de nuestro tiempo de ocio. "Nos intimida la expectativa de que debemos ser realmente expertos en lo que hacemos en nuestro tiempo libre. Nuestros hobbies, si es que los podemos seguir llamando así, se han vuelto demasiado serios", escribe Wu.
 
El tiempo se ha convertido así en un bien escaso, el recurso más demandado sobre el que se construye el conjunto del crecimiento económico actual.

Con el consumidor digital, "captar el tiempo de los usuarios conectados proponiéndoles ganar tiempo constituye la paradoja insoluble de la economía de la atención. Es un círculo vicioso e infinito, en el que el humano consume cada vez más tiempo para producir cada vez más tiempo. Este proceso de producción lleva aparejado un mecanismo de desposesión, ya que de paso se construye un vínculo de dependencia respecto a la herramienta digital que conquista, transforma y produce el tiempo", explica Luciano Concheiro (Contra el tiempo: Filosofía práctica del instante).      

El reloj determina cuánto tiempo tenemos (o mejor dicho, no tenemos), y la gran ciudad nos perturba con un tiempo discontinuo que nada tiene que ver con los ritmos naturales. Pero los seres humanos todavía conservamos la lentitud en nuestros adentros, en nuestros sentimientos, en nuestra percepción. 

Hay un tiempo del aburrimiento por falta de afanes: "nada es igual de lento que las cojas jornadas, cuando bajo pesados copos de años nevosos, el hastío, ese fruto de falta de afanes, toma las proporciones de inmortalidad" se lamenta Baudelaire en "Las flores del mal".
Pero hay otro tiempo que no se tiene, se es. El tiempo interior afanado.

Hannah Arendt lo describe así:
"Una región intemporal, una presencia eterna en completo silencio, más allá de los relojes y los calendarios humanos (...) el silencio del ahora en la existencia del ser humano, sometida a la presión y al zarandeo del tiempo. (...) Este pequeño espacio atemporal en el mismísimo núcleo del tiempo" 


Kairós
era el dios griego, dios del momento oportuno, en el que pueden surgir lo nuevo, transformaciones, cambios, ideas (derivada del griego "eido", que significa "yo vi"). En él, el ser humano deja de percibir el tiempo como un transcurso cronológico de los acontecimientos (Cronos), y lo vive como el "instante eterno". Kairós "hace nudos en el tiempo lineal del reloj" (Charles Taylor en La era secular), y nos muestra la balanza, creando instantes o epifanías en los que desaparece la noción del tiempo, y nos invita a relajarnos, a concentrárnos. Todo está en su sitio en ordenada armonía, como los ritmos naturales.

“Somos criaturas del tiempo de pies a cabeza” nos intima el neurólogo Oliver Sacks. En la cabeza, la percepción del tiempo reside en el núcleo estriado, una región que está en lo más profundo del cerebro, y funciona gracias a la conectividad. Entrenamos a las neuronas que son las encargadas de comparar la duración de unos acontecimientos con otros, gracias a que en la superficie hay otras neuronas que son como metrómonos, mandando señales eléctricas cada pocos segundos de manera continua. Inconscientemente, nosotros somos los que entrenamos todo este mecanismo, y la gestión controlada de nuestra atención es nuestra herramienta más útil. Y no es baladí: cada segundo, nuestros sentidos transmiten aproximadamente 11 millones de bits de información a nuestros cerebros. Ríete del 5G.

"Las formas más elevadas de pensamiento (la contemplación, la reflexión, la introspección, incluso la respiración profunda( requieren que prestemos atención, que eliminemos las distracciones y las interrupciones. Sin embargo, la tecnología de internet hace exactamente lo opuesto: nos interrumpe y nos distrae constantemente", explica Nicolas Barr, autor de "Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?" 

Como consecuencia, según el sociólogo Hartmut Rosa, no hay manera de poder controlar los repentinos procesos de cambio de nuestra vida, y la vida "se convierte en el espacio estático de una fatalista inmovilidad".

¿Y qué problema hay con eso?, nos pregunta Tim Wu, y escribe:
"Fue William James, la fuente del pragmatismo estadounidense, quien, habiendo vivido y muerto antes del florecimiento de la industria de la atención, sostuvo que nuestra experiencia de vida en última instancia equivaldría a todo aquello a lo que habíamos prestado atención. Entonces, está en juego algo parecido a cómo se vive la vida. Eso, al menos, debería obligar a un mayor escrutinio de las innumerables negociaciones a las que nos sometemos habitualmente y, lo que es más importante, nos debe llevar a considerar la necesidad, en ocasiones, de no negociar en absoluto.  
Si deseamos un futuro que evite la esclavitud del estado propagandístico, así como la narcosis del consumidor y la cultura de las celebridades, primero debemos reconocer el valor de nuestra atención y decidir no deshacernos de ella de manera tan barata o irreflexiva como a menudo lo hemos hecho. Y luego debemos actuar, individual y colectivamente, para manejar nuestra atención nuevamente, y así reclamar la propiedad de la experiencia misma de vivir”. 
      

Los peces no tienen una memoria de 8 segundos. De hecho, científicos demuestran que pueden recordar el lugar en el que fueron alimentados hasta doce días después.
Los peces de colores, de mayor tamaño en estado salvaje, han nacido para vivir en grupo, y así pueden llegar hasta los veinte y treinta años.
Se trata de la pecera.



Fuentes:
Bruno Patino en "La civilización de la memoria de pez".
Tim Wu (Mercaderes de la atención).
 Luciano Concheiro (Contra el tiempo: Filosofía práctica del instante)
https://www.bbc.com/mundo/noticias-55856164


miércoles, 10 de febrero de 2021

La red de la vida: naturaleza es lo que queda.

"Imaginemos un tapiz tupido, que poco a poco y con el tiempo, si no se cuida y se mima, va perdiendo hilos y se va agujereando por diferentes sitios. El tapiz es ese entrelazado de todas las especies, ecosistemas, y sus funciones en red… La biodiversidad es ese tapiz que está empezando a perder esos hilos que se entretejen. Deja de ser un tapiz, o pierde el valor ecológico fundamental como sustento de la propia naturaleza, y por supuesto de la calidad de la vida, antropocéntricamente hablando incluso, para nuestro propio beneficio como especie. 
 
La idea es simple: al perder muchos nudos del tapiz, al erosionar esas conexiones entre la variedad de genes, especies, y hábitats, lo que está ocurriendo es que la proximidad entre las personas y los vectores de los virus (virus que siempre han estado en la naturaleza sin que nos haya pasado nada) es cada vez mayor y la probabilidad de zoonosis aumenta exponencialmente", así explica Unai Pascual, biólogo economista, el origen de la zoonosis.


Pensar el planeta como tapiz o como red no es algo nuevo. Ya en 1845, Alexander von Humboldt describió el mundo natural como un "tejido enredado en forma de red". En el libro Cosmos, se refería a una “maravillosa red de vida orgánica”. Pero ni de lejos se imaginaría los agujeros...


En el año 2020, la antropo-masa superó a la bio-masa.
Los productos e
infraestructuras de origen humano (sin contar con sus desechos) ha superado la biomasa total del planeta. Es el análisis de un grupo de investigadores del Instituto Weizmann, Israel. Hay más cosas hechas por el ser humano que naturaleza misma. Objetos producidos por el ser humano, principalmente hormigón, sus agregados (arena, grava...), ladrillos, asfalto, metales y "otros materiales" como plástico, madera tratada, papel y vidrio… suman más que árboles, mares y montañas. Y eso que el hormigón armado apenas tiene un siglo de recorrido. Desde 2010, más de la mitad de la población mundial comenzamos a vivir en ciudades, y aumentan en 65 millones al año.

Los 7,700 millones de seres humanos suponen el 0.01% de toda la biomasa. Pero sus creaciones ya rebasan 1.1 billones de toneladas (teratonelada, Tt). En cuanto a la bio-masa, la inmensa mayoría (90%) de la materia viva es verde, seguido de bacterias, hongos, arqueas y protistas. El resto de los animales, cultivos y ganado criado para la alimentación es apenas un 10%.

Esto ha ocurrido hace tan solo 120 años, desde la primera revolución agrícola. A principios del siglo xx la antropo-masa era solo de un 3%.


"Es necesario hacer frente a un problema que es, literalmente, de dimensión, de escala, de habitabilidad: el planeta es demasiado estrecho y limitado para el globo de la globalización, y demasiado grande, activo y complejo para ser contenido dentro de las fronteras estrechas y limitadas de cualquier localidad. Así, estamos rebasados por partida doble: por algo demasiado grande y por algo demasiado pequeño. Y así, nadie tiene respuesta a la pregunta de cómo encontrar un suelo habitable." escribe el filósofo, sociólogo y antropólogo Bruno Latour en su libro "Dónde aterrizar". Y describe lo terrestre como un suelo estable, donde arraigarse pero sin perder de vista la mundialización.


El caso es que el subsuelo siempre ha tenido un papel indispensable para el ser humano. Desde siempre, se ha sabido que para detener las enfermedades que propagaban los cadáveres humanos y los cuerpos muertos de los animales no había más que enterrarlos, sin saber que eran los antibióticos los que tenían esa facultad. Selman Waksman fue quien acuñó la palabra antibiótico en los años treinta, y quien descubrió la estreptomicina producida por la bacteria Streptomyces griseus. Los antibióticos se han inventado en el subsuelo.

En la anterior entrada compartí el dato del biólogo David W. Wolfe: "En un puñado de tierra puede que haya más microorganismos que seres humanos en el planeta, y entre cinco y diez mil que están aún por descubrir".  Aún hay más en las redes de la tierra. Se sabe que los hongos se entrelazan entre las células de las plantas en un brocado íntimo, suministran a las plantas nutrientes cruciales y las defienden de las enfermedades.
Las redes fúngicas y los micelios (los filamentos vegetativos de los hongos) que serpentean por todo los ecosistemas del planeta son, en el tapiz, esas vetas vivas por la cuales gran parte de la vida está cosida en relación. El suelo sería rápidamente desparramado por la lluvia si no fuera por la densa malla de tejido fúngico que lo mantiene unido. Uno de los mayores organismos conocidos es una red de micelios en Michigan que se extiende a lo largo de 75 hectáreas.

Los hongos simbióticos son como internet del subsuelo, la “wood-wide web” que vinculan a las plantas en redes compartidas.


 
"Si se separara el micelio que se encuentra en una cucharilla de suelo sano y se colocara de punta a punta, podría extenderse entre 100 metros y 10 km", explica el biólogo Merlín Sheldrake.

Lo propio ocurre con los álamos temblones. Dicen que el organismo más grande sobre la Tierra puede ser una arboleda de álamos temblones, compuesta por miles de árboles, repartidos en más de un centenar de acres en el bosque de Fishlake, en Utah. Y se trata de un organismo, porque crecen como erupciones clonales de un solo rizoma que hay en el subsuelo, interconectados. Por eso, comparten el mismo genoma: la arboleda es un individuo. Se le conoce como
Pando, "el bosque de un solo árbol" y su nombre en latín significa "Yo me esparzo". Este álamo temblón individual pesa unas seis mil toneladas y tiene unos ochenta mil años.


La palabra humano viene del latín humanus, compuesta por humus (tierra) y el
sufijo -anus que indica pertenencia. Los científicos han reconocido que el genoma humano también es un tapiz, un caleidoscopio, un mosaico.  
Nuestro genoma contiene entre un 1 y un 3 por ciento de ADN neandertal, especialmente el de los pueblos no africanos.
Y no solo. Hubo entre los antepasados de los homínidos y los antepasados de los chimpancés apareamientos e hibridaciones, y estos cruzamientos dejaron genuinos genes de chimpancé.
También hay ADN vírico: los retrovirus endógenos constituyan el 8% del genoma humano, incluido el gen sincitina-2, procedente de un retrovirus y reutilizado para posibilitar la gestación humana. Los mamíferos tenemos placenta por una antigua infección de retrovirus, y gracias a ellos pudimos "anular" al sistema inmunitario para que no ataque a ese ser externo, el feto, y ayudarle en su desarrrollo.
Además, cada uno de nosotros contiene unos cientos de billones de células bacterianas, como algo necesario para la salud, la digestión... De hecho, en el interior de cada una de nuestras células humanas, residen bacterias capturadas y, desde hace mucho tiempo, transformadas en mitocondrias, sin las cuales no podríamos existir.

Lynn Margulis le dijo a un redactor de la revista Discover: "los biólogos evolutivos creen que el patrón evolutivo es un árbol. No es así. El patrón evolutivo es una red; las ramas se fusionan, como en el caso de la unión de las algas y las babosas." Se refería a las babosas de mar de la especie Elysia viridis, que se alimentan de algas verdes durante el desarrollo y, luego, en lugar de digerirlas completamente, retienen los cloroplastos en el interior de sus propias células. Estos permiten a las babosas realizar la fotosíntesis, igual que las plantas, y obtener energía de la luz solar en las aguas poco profundas en las que habitan. De adultas son auténticos híbridos de planta y animal.
Una de ellas, se autodecapita cuando su cuerpo está en peligro (por depredación o por amenaza de parásitos). Su cabeza engulle algas durante días por la obtención de energía de la luz solar de los cloroplastos, y así reproduce un nuevo cuerpo. No es la única, también hace la fotosíntesis la babosa Costasiella kuroshimae, parecida a una oveja de mar.
 

Y lo mismo esa cosa tan extraña conocida como moho mucilaginoso. Puede no tener ojos ni cerebro, pero es capaz de llegar al alimento a traves de un laberinto. Cuando el alimento escasea, las amebas cooperan para formar una especie de babosa y desplazarse hacia un mejor hábitat. Levantan un tallo sobre el que se asienta un cuerpo semejante a un fruto y, cuando este se abre, dispersa esporas, que si aterrizan en bacterias, se forman nuevas amebas individuales.

Ante estos casos nos podemos preguntar dónde se encuentran los límites. Los límites de un "individuo" o una "especie".
La hipótesis de Gaia desarrollada por el químico inglés James Lovelock, concibe el planeta Tierra como un sistema automantenido que regula su propia bioquímica. No se trata de dar vida a la tierra como un organismo vivo, sino comprender que los seres vivientes son participantes activos, con capacidad de actuar en la evolución de los fenómenos terrestres.

"Los humanos siempre han modificado su medio ambiente, pero ese término solo designaba su entorno, lo que les rodeaba. Hoy el escenario, los bastidores, el proscenio, el edificio entero se ha subido a las tablas y les disputa a los actores el papel principal." escribe Bruno Latour.

Al fin y al cabo, nuestro mundo sensorial natural es lamentablemente pequeño. En entomólogo y biólogo Edward O. Wilson explica en "La conquista social de la tierra":

"Nuestra visión se halla limitada a un minúsculo segmento del espectro electromagnético (...). Inmediatamente despues del azul en la frecuencia se encuentra el ultravioleta, que los insectos pueden ver pero nosotros no.
De las frecuencias sonoras que nos rodean solo oímos unas pocas. Los murciélagos se orientan mediante los ecos de los ultrasonidos, a una frecuencia que es demasiado elevada para nuestros oídos, y los elefantes se comunican mediante gruñidos a frecuencias demasiado bajas.

Los peces mormínidos tropicales emplean pulsos eléctricos para orientarse y comunicarse en aguas lobregas y opacas (...) Asimismo, sin que lo notemos, existe el campo magnético de la Tierra, que algunas aves migratorias emplean para su orientación. Tampoco podemos ver la polarización de la luz solar del cielo que las abejas melíferas emplean en los días nublados para guiarse desde sus colmenas a los campos de flores, y a la vuelta.


Sin embargo, nuestra mayor debilidad son nuestros sentidos lamentablemente reducidos del gusto y el tacto. Alrededor del 99% de todas las especies vivas, desde los microorganismos a los animales, se basan en sentidos químicos para encontrar su camino a traves del ambiente. También han perfeccionado su capacidad de comunicarse entre sí con sustancias químicas especiales denominadas feromonas. En contraste, los seres humanos, junto con los monos, los simios y las aves, se cuentan entre los pocos seres vivos que son ante todo audiovisuales, y en consecuencia deficientes en el gusto y el olfato. Comparados con las serpientes de cascabel y los sabuesos, somos idiotas.(...)

Nos vemos obligados a movernos tropezando a traves de nuestra vida puesta continua y químicamente en tela de juicio por una biosfera quimiosensorial, basándonos en el sonido y la visión, que evolucionaron primariamente para la vida en los árboles."

El nativo oglala lakota sioux, Luther Standing Bear describió como "civilización" y
"desarrollo" la
aceptación del parentesco de todas las criaturas, "y cuando el hombre nativo dejó esta forma de desarrollo, su humanización se retrasó en el crecimiento”

Y añadía “el corazón del hombre alejado de la naturaleza se endurece; la falta de respeto por los seres vivos conduce también a una falta de respeto por los humanos." Para los pueblos originarios, tradicionalmente, todos los seres vivientes y no vivientes forman parte de un entramado de sistemas vivos que incluye las relaciones entre ellos mismos y entre ellos y los seres humanos. Todo lo que da la tierra, es un don, que no recurso, y como don hay que protegerlo y devolverlo a la tierra.

“Su corazón está lleno de olvido” dijo en una entrevista Davi Kopenawa, yanomami. En el momento de explicar a su comunidad nuestro concepto de ‘naturaleza’, la describió como: “Naturaleza es lo que queda”.

Hubo un tiempo en el que nuestra idea de naturaleza no era vista así, como un fenómeno para conocer y manipular desde el exterior. Naturaleza suponía "toda una gama de movimientos: génesis, nacimiento, crecimiento, vida, muerte, corrupción, metamorfosis (...) De hecho, ese es el sentido etimológico de la natura latina o de la phusis griega, vocablos traducidos por las palabras "procedencia", "engendramiento", "proceso", "curso de las cosas", explica Latour.

Los yanomami llaman al planeta Hutomosi, palabra que significa “lo que queda arriba de nosotros"; y a las epidemias, "xawara". Xawara es un espíritu malo que transmite enfermedades, y significa “caníbal” en portugués. "No hay cura, no hay medicina. Sólo podría haber una cura, si hubiese un cambio, algo así como lavar una olla", nos invita Kopenawa.

Carl Woese, el microbiólogo que descubrió las arqueas, dejó esta frase en uno de sus últimos escritos, en el 2004:
              
"La sociedad moderna sabe que necesita con desesperación aprender a vivir en armonía con la biosfera. Hoy, más que nunca, nos es necesaria una ciencia de la biología que nos ayude a vivir de ese modo, que nos muestre el camino."

(El tapiz sigue agujereándose y el 50% de la vacunas se ha vendido únicamente al 14% de la población mundial. Los países ricos hacen acopio de las vacunas, que compraron el doble o el triple de las que necesitan. Canadá, por ej., ha adquirido 5 veces más de las vacunas que necesita.
Habrán algunos países que hasta el 2024, no completarán la vacunación.
No completaremos, mejor dicho: somos una red.)

            
 

Fuentes:
Carl Woese, "Una nueva biología para un nuevo siglo".
David Quammen, "El árbol enmarañado: Una nueva y radical historia de la vida".
Bruno Latour, "Dónde aterrizar".
Luther Standing Bear, "Land of the Spotted Eagle"
David W. Wolfe, "El subsuelo"
https://erria.eus/es/elkarrizketak/lo-revolucionario-no-es-tanto-hacer-sino-imaginar
https://vanguardia.com.mx/davikopenawalacriticadeunchamanalcapitalismo-1125440.html
https://www.climaterra.org/post/por-qu%C3%A9-el-mundo-oculto-de-los-hongos-es-esencial-para-la-vida-en-la-tierra
https://anthropomass.org/

jueves, 7 de enero de 2021

Catarsis para sanar: de púlsares, latidos y humus.

"La medicina y el arte parten del mismo tronco". "Ambos tiene origen en la magia, sistema basado en la omnipotencia de la palabra.
El arte de la palabra, con la acumulación de muchas generaciones de médicos, devolvió al ser humano su consonancia armónica con el cosmos, eliminando la perturbación que causaba la enfermedad", asegura el médico inmunólogo Andrzej Szczeklik.


Y también explica que la palabra farmacia viene de "ph-ar-maki", en egipcio, es decir "el que protege". Así aparece inscrita en jeroglíficos antiguos, desde hace cinco mil años. También es una palabra del griego antiguo: "pharmakon" significa remedio, pero también veneno.
Asclepio era el dios de la medicina y la curación, hijo de Apolo y Corónide. Los templos de Ascleopio estaban llenos de serpientes. Precisamente, el emblema de la medicina y la farmacología son dos serpientes en torno a un bastón (con una balanza al fondo en el caso de los últimos). Es el báculo o vara de Asclepio para los griegos, o Esculapio para los romanos, pero es un símbolo arcaico de Mesopotamia. La serpiente es un reptil que muda de piel escabulléndose de la vejez, y con el don de sanar, pero también de matar. Remedio y veneno, las dos serpientes enfrentadas son el equilibrio de estas dos fuerzas. Con el tiempo, pasó a ser una.

"Katharmós" eran aquellas ceremonias que pretendían purificar al enfermo de sus culpas, armonizándole. En los templos de Asclepio, ofrecían al dios un sacrificio propiciatorio (que en la Baja Antigüedad solía ser un gallo) y se sometían a ayunos y abluciones. Los sueños se narraban a los sacerdotes del templo, mientras que Asclepio realizaba sus visita o ronda nocturna. A la mañana siguiente, despertaban libres de la enfermedad, purgados y purificados (katharsis). Los "kathartai" eran los purificadores en la Grecia prehipocrática, los antecesores de los médicos. Se creía que el alma estaba aprisionada en el cuerpo por los pecados y necesitaba purificarse para liberar la enfermedad. Para aliviarse y aplacarse, utilizaban la danza y la música, o el éxtasis.

Para Paracelso (quien curó a 18 reyes y príncipes ya dados por perdidos por otros médicos), el "arqueo" era un alquimista interno que separaba los alimentos beneficiosos de los nocivos. La curación consistía en ayudar a este arqueo a hacer su trabajo, a liberarlo de las fuerzas que le oprimían. "Arkhé" era la naturaleza original y duradera de las cosas. Fue de los herreros, gitanos, barberos, pastores... de los que aprendió el arte de sanar a través de la intuición. Intuición viene del latín "intueri", es decir, contemplar, para presentir la realidad. Ahora ya sabemos que los elementos de nuestro cuerpo tienen origen estelar: literalmente somos polvos de estrellas. Paracelso, también astrólogo, ya intuyó en el ser humano un microcosmos constituido de los mismos componentes del cosmos, y al mismo tiempo, entendía el cosmos, el universo, como un ser viviente. “Pues el cielo es el humano y el humano es el cielo. No solo las estrellas forman el cielo, sino que hay estrellas en nosotros, la fuerza del humano viene del firmamento superior, y todas sus fuerzas están en él. Tal como el mismo sea fuerte o débil, de modo que el firmamento está también en el cuerpo”.

Mientras que en el cosmos, las estrellas de neutrones emiten púlsares, ondas
electromagnéticas de gran intensidad y de una regularidad perfecta, en el hipotálamo de nuestro cerebro hay un oscilador central que reside en dos aglomeraciones de materia gris (los núcleos). Su mecanismo consiste en ciclos recurrentes. Los llamados "genes reloj" codifican las proteínas que se acumulan y frenan la transcripción génica, y cuando las proteínas se degradan, vuelve a funcionar la transcripción génica y se reanuda el ciclo de producción de proteínas. Es como un reloj rítmico sincronizado, y todas las especies del mundo lo contienen. Está sincronizado con la emisión de señales diurnas, oculto en el cerebro por encima del cruce de nervios ópticos, que le aportan información sobre el mundo. Las neuronas, mientras, le aportan información del mundo interior.
Pero hay otros ritmos: la de la secreción endocrina, la del sueño y la vigilia o la del latido del corazón. Además del marcapasos central, todos los tejidos y órganos poseen su propio oscilador circadiano (osciladores periféricos).


En una época dominada por la higiene, la noticia de que el sistema digestivo de cada uno de nosotros alberga cien trillones de bacterias es chocante. Aunque no nos sirvan, como los herbívoros, para asimilar la celulosa, sí nos aportan el diez por ciento de toda la energía asimilada en los intestinos y producen importantes componentes nutritivos como la vitamina K. Mientras, el sistema inmunitario es capaz de reaccionar de manera específica ante todos los antígenos procedentes de nuestro entorno ("anti", 'opuesto' y "geno", generar; que genera o crea oposición), puesto que ha sido equipado para ello en el útero materno, y lo hace con billones de anticuerpos distintos. Cientos de moléculas que se convierten en anticuerpos al unirse con el antígeno. Miles de millones de células piden la contraseña a las otras células, y si hay duda, movilizan un poderoso ejército para destruir al intruso que ha traspasado la barrera del yo. Incluso las señales inmunológicas de las regiones más remotas del cuerpo, van a parar al sistema nervioso central. Lo paradójico es que precisamente fueron invasiones de virus las que, hace unos cuantos millones de años en el origen de los mamíferos, generaron unas combinaciones genéticas que son las que ahora codifican nuestras inmunoglubinas del sistema inmunitario.


Pero en la biología, la colaboración y la cooperación son tan frecuentes como la competencia. Los organismos compiten a escala local, pero sus interacciones, desde lo global, hacen que el medio ambiente esté más adaptado a la vida y les sea más favorable. La vida es una red encarnada. La lucha por la supervivencia a menudo resulta no en la evolución de un yo más fuerte y más desconectado, sino en la disolución del yo en una relación. El altruismo es propio de las sociedades humanas, caracterizadas por una división del trabajo y una amplia cooperación de los grupos humanos que nada tiene que ver con los lazos sanguíneos. Es una anomalía en el mundo animal, incluso en los primates. La excepción la constituyen algunas sociedades de insectos (las abejas o las hormigas), y una especie de topo. Darwin consideraba "una particular dificultad imprevista y fatal para toda mi teoría" el comportamiento solidario de las abejas obreras, que pierden la capacidad reproductora para dedicarse de lleno a la colmena. Edward O. Wilson, entomólogo y biólogo, nos recuerda que hay entre mil y diez mil billones de hormigas de más de doce mil especies actuando en el planeta. Cada hormiga pesa apenas un gramo, pero en su conjunto suman tanto como todos los seres humanos. "Karl Marx tenía razón, el socialismo funciona, es solo que tenía la especie equivocada", escribe en su libro "Las hormigas".            

"La evolución se ha producido bajo el lema de la colaboración y la simbiosis" escribió Lynn Margulis, en “Captando genomas.
En el año 1975, Margulis elaboró la hipótesis sobre el origen simbiótico de la vida, que sostiene que la primera célula con núcleo surgió gracias a la simbiosis, a la agrupación de los organismos compuestos por células sin núcleo. En ese proceso habría de desempeñar un papel esencial la transferencia de genes: en la célula nuclear, los genes informativos provienen de arqueobacterias, y los genes operadores, de eubacterias. Somos "bacterias simbióticas mutantes fusionadas".

Pero también en una parcelita minúscula de suelo fértil, en apenas ocho gramos, son miles de millones de organismos los que interactúan. El suelo es una sustancia viva que transforma los materiales que encuentra, poniéndolos a disposición de las plantas. "En un puñado de tierra puede que haya más microorganismos que seres humanos en el planeta, y entre cinco y diez mil que están aún por descubrir", afirma el biólogo David W. Wolfe. La palabra humano viene del latín humanus, compuesta por humus (tierra) y el sufijo -anus que indica pertenencia.

En un texto sánscrito del año 1500 a. de C. ya se decía:

“De este puñado de tierra depende nuestra supervivencia. Sobre él nuestro alimento, nuestro combustible y nuestro refugio. Nos rodea de belleza. Si abusamos de él, el suelo acabará por destruirse, y con él, la humanidad entera”.

“Vivimos en la pesadilla del empirista: hay una realidad mucho más allá de nuestra percepción. Nuestros sentidos nos han fallado durante milenios. Solo cuando dominamos el vidrio y pudimos producir lentes transparentes y pulidos, pudimos mirar a través de un microscopio y finalmente darnos cuenta de la enormidad de nuestra antigua ignorancia" afirma el biólogo David George Haskell. Él se sentó durante un año en la misma piedra del mismo bosque, contemplando y tomando notas para escribir un libro. "Es lamentable que la práctica de escuchar, en general, no tenga cabida en la formación formal de los científicos. En esta ausencia, la ciencia falla innecesariamente. Así somos más pobres y posiblemente suframos más. ¿Qué regalos de Nochebuena podría dar a sus bosques una cultura que escucha?"

El reduccionismo, explica Szczeklik, es propio de la física moderna, surgió
cuando se comprendió que era imposible abarcar y comprender cómo funciona el mundo. Era preciso conocer cada uno de los fenómenos aisladamente, abstrayéndolo. Descomponiéndolo en sus partes más pequeñas. El problema es que esas partes pequeñas han fascinado tanto, que empiezan a tener más importancia que la totalidad de la que provienen. Los genes juegan su propia partida y son "genes egoístas" que luchan entre sí. En la antropología, pretendemos esclarecer fenómenos sociales analizando comunidades pequeñas. O explicamos el comportamiento humano a través de la neurología y el evolucionismo. Los detractores del reduccionismo cuentan la anécdota del hombre que buscaba las llaves debajo de una farola. No era allí donde las había perdido, pero había más luz, y allí era más fácil buscarlas.
El problema es que la ciencia se dedica a investigar fenómenos recurrentes, es decir, fenómenos que se puedan experimentar, que se puedan reproducir en cualquier laboratorio del mundo. Por eso hay dudas de que pueda investigar el origen del universo o el de la vida, una experiencia única e irrepetible.

Se cuenta que una noche, Tales de Mileto, ensimismado mientras contemplaba las estrellas en su jardín, absorto en la observación y sumido en los pensamientos, cayó en un pozo. A lo lejos, oyó una sonora carcajada: la que reía era una muchacha tracia, una criada, divertida porque alguien que buscaba el camino del cielo no supiera andar en la tierra.

"Hoy, más que en el cielo, buscamos la predicción del futuro dentro de nosotros, en nuestros genes. Sin embargo, dado que las constelaciones de genes no son de este mundo, tal vez su desciframiento rehaga el vínculo con el cielo, nos señale el camino de vuelta y restaure la armonía perdida." nos intima Andrzej Szczeklik.

Fotos: el artista Nunzio Paci combinando la anatomía humana con parte de la flora y la fauna.

Fuentes:

"Catarsis: Sobre el poder curativo de la naturaleza y del arte"

"Core. Sobre enfermos, enfermedades y la búsqueda del alma de la medicina".

 "Las hormigas". Edward O. Wilson.

"En un metro de bosque: un año observando la naturaleza". David George Haskell

 “Captando genomas”. Lynn Margulis y Dorion Sagan.

"El subsuelo". David W. Wolfe.
http://www.theguardian.com/commentisfree/2015/mar/25/treating-soil-like-dirt-fatal-mistake-human-life

jueves, 3 de diciembre de 2020

Revolución y posverdad: ¿y ahora qué?

"Nos enfrentamos a un periodo en el que la sociedad debe tomar decisiones a una escala planetaria. Enormes cargueros surcan los mares, aviones supersónicos cruzan el cielo y explosiones nucleares resuenan por todo el mundo (tanto físicamente como en nuestras conciencias). Si en el pasado, mientras un continente entero podía verse asolado por una plaga o por terremotos el resto del mundo podía permanecer ajeno a tal desastre, las catástrofes naturales y medioambientales de hoy afectan a la humanidad entera: interconectada como está, pero incapaz de actuar políticamente de forma conjunta". 

Margaret Mead, antropóloga, 1975 (introducción de las actas de la conferencia organizada por William W. Kellogg (físico y meteorólogo). Origen al volumen "The Atmosphere: Endangered and Endangering" (‍1980).


Siempre predispuestos a esperar grandes revoluciones, nos urge el impulso de entregarnos a algo más grande, de pertenecer a algo más amplio y trascender el yo. Los más grandes propagandistas y publicistas lo saben, y hasta los bancos hablan de revolución. "No sabes que están hablando de una revolución. Suena cómo un susurro", cantaba la doctora en antropología Tracy Chapman.
Pero no hay nada de eso en una pandemia:

“La mayoría de los eventos históricos mundiales son conscientemente históricos para los participantes que los viven. Actúan sabiendo que sus decisiones se registrarán y analizarán durante las próximas décadas o siglos. Pero las epidemias crean una especie de historia desde abajo: pueden cambiar el mundo, pero los participantes son casi inevitablemente gente común, que sigue sus rutinas establecidas, sin pensar ni un segundo en cómo se registrarán sus acciones para la posteridad”.
Steven Johnson, "The Ghost Map: The Story of London's Most Terrifying Epidemic--and How It Changed Science, Cities, and the Modern World".

Como escribió Camus en La Peste: "Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas".

Y sin embargo, nos quieren habituar a vivir así, a saltos. Vivir de promesas, de un futuro que finalmente traerá una normalidad adecuada. Habituados a la novedad, empujados por la sensación de insuficiencia, insatisfacción e inquietud. 
Las religiones han promovido siempre este sentimiento que tiene tanto enganche, esa ansiedad que se tiene por algo que sentimos que algo grande, histórico, está por venir. Que grandes cambios están en camino. Es el "advenimiento", o la "parusía", una llegada que nunca llega. Sherezade es otro ejemplo: las grandes historias con sus grandes respuestas son siempre las que llegarán después.
También los profesionales del marketing nos lo han inoculado, y nos han convertido la vida en un "scroll" infinito, o eso que hacemos con el dedo gordo cuando lo deslizamos hacia abajo para actualizar el contenido de una aplicación. El dedo gordo como varita mágica para descubrir siempre algo mejor. La aleatoriedad en la recompensa hace el resto, (la caja de Skinner): un sistema para engancharnos a todos. 
"Es como si estuvieran tomando cocaína conductual y la rociaran por toda la interfaz, y eso es lo que te mantiene con ganas de regresar una y otra vez", explicó Aza Raskin, diseñador de interfaces. Cuidado, una investigación de Nora Volkow, neurocientífica, explica que a causa de la adicción, tus zonas cerebrales para tomar decisiones pueden disminuir su función.Y precisamente, la impulsividad es lo que prima cuando se trata de crear necesidades supérfluas. "¡Cómpralo ya! La oferta se acaba".

Y en el proceso de la compra (no seas tonto!, reza un slogan) nuestro cuerpo libera energía y nos hace sentir bien para afrontar un esfuerzo al creer que la recompensa está cerca. Si algo nos produce dopamina, lo consumimos hasta que se acaba (es el slogan ¡cuando hay plop, no hay stop!). 
"¿Qué tienen en común el algoritmo de Google, el succionador de clítoris y la venta por internet según Amazon? Que los tres compiten entre sí para acortar el tiempo entre la formulación del deseo y su consecución. En unas milésimas de segundo, unos minutos o unas horas ya ha llegado al resultado de tu búsqueda, tu orgasmo o una caja en la puerta de tu casa. Y los plazos no paran de menguar", escribe Jorge Carrión en "Lo viral".

Las series, por ejemplo, ofrecen este enchange ("engagement") mientras el algoritmo decide que debes ver y las emociones que te despiertan te piden más (no un capítulo, la serie entera). La vida se ha convertido en acumulación de experiencias y estados, "histories", que nos encanta compartir.

El término posverdad alude a "deformar la realidad con el fin de confundir e instaurar una verdad paralela y desanclada de los hechos" define el antropólogo Jorge Grau en "
Posverdad y ficción", y explica que este término se le atribuyó a Steve Tesich en un ensayo en la revista "The Nation" y llegó a convertirse en palabra del año por el diccionario de Oxford en 2016: "Hasta ahora, todos los dictadores han tenido que esforzarse mucho para reprimir la verdad. Nosotros, con nuestras acciones, estamos diciendo que eso ya no es necesario, que hemos adquirido un mecanismo espiritual que puede despojar la verdad de cualquier significado". 
Sabemos que es imposible la completa verdad, la completa objetividad de los hechos, pero su alternativa tampoco es la subjetividad total. Clifford Geertz (La interpretación de las culturas) ponía un ejemplo: la asepsia total en un quirófano para no contraer ninguna infección es imposible, pero no por ello vamos a habilitar las alcantarillas como espacios aptos para operar.
James Clifford (Writing cultures) contaba el caso de un nativo Cree que, en un juicio en Montreal, cuando se le iba a tomar juramento el hombre respondió que no sabía si iba a poder decir "toda la verdad": el solo podía aportar lo que sabía. Es de suponer que en ese momento, nadie dudaba ya de la credibilidad de las que iban a ser sus palabras.

"Las estrellas dicen que los fugaces somos nosotros". La retórica del instante y lo fluído ganan la batalla al paso lento del tiempo y a la consistencia. La reivindicación de las fugaces experiencias personales, de la presencia inmediata y las emociones, predominan sobre lo construído, la política (la raíz de "polis" remite a "polízo" que significa "construir" o "edificar"), los valores, el cuidado o la objetividad científica. Y consolidar el conocimiento exige tiempo. El antropólogo Jorge Grau Rebollo lo explica claro: "rapidez y consistencia no van de la mano. Seguramente no apremiaríamos a una cirujana durante una operación a corazón abierto".

El virus muta y cambia, surfea, es impreciso, desconocido, posverdadero. Es viral. Y da mucha rabia. Y nada más viral que la indignación. 
 
Los algoritmos nos diseñan una imagen de la realidad de emociones fuertes y
radicalizadas como la indignación, para crear más enganche. La realidad se vuelve virtual, dejamos de percibir el mundo para percibir noticias o imágenes sobre él. Nosotros somos avatares, perfiles. 

La celeridad, la velocidad, la urgencia de la actualidad reclama respuestas
rápidas y simples
a problemas complejos y cambiantes, con múltiples causas. Solo acepta la impulsividad y las ideas preconcebidas, esas ideas que ya estaban en nosotros. Justamente las que precisan apoyarse en sensaciones y emociones, la apariencia, lo intuitivo que refuerzan y radicalizan nuestros sesgos. 
Así, la desconfianza es un rasgo de la vida contemporánea. 

Es verdad que gracias a los redes sociales, somos capaces de entablar más contacto con otros, pero hay cada vez más segmentación social o tribalización en redes sociales y aplicaciones, se comparten menos códigos de interacción comunes. Por eso, no es una crisis de identidad o un vacío existencial, sino una crisis de alteridad, y se rechaza el juego social del encuentro con el otro. La antropóloga Dolores Juliano explica que "vivimos a través de estereotipos, eso es inevitable, pero podemos desaprenderlos complejizando nuestra mirada". Quizás primero debamos asumir que todos somos miembros de una tribu, unidos por cultura, familia, religión, clase, educación, empleo, afiliación a un equipo...

Estamos evolutivamente preparados para socializar y gustar a nuestra tribu, pero no a millones de personas. En sociedades a gran escala, las personas operan en el anonimato, y la vergüenza menos funcional se vuelve. 


Hay una coherencia notable en la forma en que viven los recolectores de retorno inmediato. Los! Kung San de Botswana, los aborígenes que viven en el interior de Australia, las comunidades en zonas remotas de la selva amazónica... En todas ellas, compartir no solo se fomenta; es obligatorio. Acumular u ocultar alimentos, por ejemplo, se considera un comportamiento profundamente vergonzoso. Porque los grupos humanos tienden a responder al exceso y almacenamiento de alimentos con un comportamiento como el observado en los chimpancés: mayor organización social jerárquica, violencia intergrupal, defensa del perímetro territorial y alianzas maquiavélicas.
Las posesiones sirven para establecer alianzas, y las alianzas, la sociabilidad, fue lo que dio lugar a la resolución de problemas más sofisticadas con el tiempo. "La pobreza no es una cierta pequeña cantidad de bienes, ni es solo una relación entre medios y fines; sobre todo es una relación entre personas. La pobreza es un estado social. Como tal, es la invención de la civilización", explica en su libro clásico "Economía de la edad de piedra", el antropólogo Marshall Sahlins.

Porque las sociedades de caza y recolección tienen sus propios tipos de miserias: las que acompañan la periódica escasez severa, la susceptibilidad a una gran cantidad de infecciones y enfermedades, altas tasas de mortalidad infantil... Por eso, mantienen un constante acoso y amenaza para forzar el intercambio y envidias y celos dirigidos hacia aquellos que acumulan o no aceptan las normas comunitarias. Un anciano bosquimano le pidió una manta al antropólogo Richard Lee, y éste le respondió que se la regalaba. El anciano respondió:
"Toda mi vida he estado dando, dando; hoy soy viejo y quiero algo para mi mismo". 
 
Con la evidencia más temprana de agricultura que data de aproximadamente 8000 a.C., la cantidad de tiempo que nuestra especie ha pasado viviendo en sociedades agrícolas establecidas representa solo el 5% de nuestra experiencia colectiva. El resto del tiempo de nuestra especie, evolucionamos en pequeños grupos sociales como éstos.
El tiempo profundo es el tiempo biológico. Un estudio de la universidad de Stanford de julio de 2016, demostró que el 30% de las adaptaciones de nuestras proteínas, desde que los humanos nos separamos de los primates, han sido provocadas por virus. 
Y también el tiempo geológico, la cronología del subsuelo que se mide "en unidades que reducen a la nada el instante de la humanidad: épocas y eones, en vez de minutos y años". explica Robert Macfarlane en "Bajotierra". 

viernes, 20 de noviembre de 2020

El Geontopoder: el Virus, el Desierto y el Animista.

"Toda la vida ha partido de un único organismo original. (...) el hecho de que todo se base en el ADN (o en su primo hermano, el ARN) nos dice que, en la Tierra, la vida es una. Desde luego debemos considerar a una humilde bacteria como un familiar lejano nuestro. Todo lo que vive tiene el mismo origen, y si ahora parecemos tan distintos, es porque nos hemos diversificado a través de la evolución, que lleva actuando miles de millones de años." 

Jorge Bolívar. (El huevo de dinosaurio).

"Qué maravilla que estemos escuchando un cambio potencial en nuestros discursos políticos de "Logos" al "Aliento", es decir, de la demanda de “Escúchame” a la declaración “No puedo respirar”." 

Elizabeth Povinelli (refiriéndose al cambio climático). 


Povinelli, antropóloga, hace trabajo de campo en Belyeun, en la península de Cox, en el extremo norte de Australia. En su obra de 2016, "Geontologías: un réquiem al liberalismo tardío", describió el Geontopoder como aquel poder que pretende marcar la diferencia entre lo vivo y lo inerte y regularlo para obtener beneficios. Un concepto diferente al de Biopolítica, que se trata del poder sobre la vida: la regulación de la fecundidad, la sexualidad, el manejo de las poblaciones, la higiene y la frontera entre comunidad e inmunidad. ¿Pero qué sucede con la biopolítica cuando también hay distinciones entre los vivos, y lo vital lo es únicamente para la acumulación de riqueza?


Utiliza las figuras imaginarias del Desierto, el Animista y el Virus: tres figuras que nos permiten comprender, subraya Povinelli, la idea de poder geontológico actual.

El Desierto como el peligro de la no vida que crece. Tenemos como imaginario que en un futuro, la tierra terminará por convertirse en un desierto a lo Mad Max, y las arenas que ahogan la vida. El desierto como un lugar sin vida, valles de muerte, un cielo lleno de nada más que sol que quema. Ríos secos, ciudades abandonadas por falta de lluvia, calor excesivo, las poblaciones de refugiados, cambio climático...

Algo tan pequeño como el Virus nos acerca a comprender el límite entre lo vivo y lo inerte. Como no


tienen metabolismo propio, su única forma de existir es usando las células vivas para reproducirse, y causando (o no) enfermedades al huesped. Povinelli escribe: "El virus también es el ébola y el vertedero de desechos, la infección bacteriana resistente a los medicamentos que se cuece dentro de las granjas masivas de salmón y aves de corral y la energía nuclear; la persona que se parece a "nosotros" cuando coloca una bomba. Quizás lo más espectacular es que el Virus es la popular figura cultural del zombi: la vida se convirtió en no vida y se transformó en un nuevo tipo de guerra de especies: el agresivo no-muerto en descomposición contra el último reducto de la vida."

Y el Animista, que atribuye a todos los seres, objetos y fenómenos de la naturaleza un principio vital. Todos los elementos de la naturaleza como poseedores de inteligencia, subjetividad,
comunicación... Mientras que el Desierto intensifica el drama del peligro constante de la Vida en relación con la No Vida, el Animista insiste en que la diferencia entre Vida y No Vida no es un problema porque todas las formas de existencia tienen dentro de sí una fuerza vital.

Mientras la figura del animista se asocia a la vitalidad (incluida una especie de fetichización de la vitalidad asociada a la idea del indígena), y el Desierto se asocia a lo inerte (y aún así, el capital busca extraer), la figura del Virus engloba tanto a la Vida como a la No Vida.

"La clave de la expansión masiva del capital fue el descubrimiento de una fuerza de vida en la materia muerta, o vida en los restos de la vida: a saber, en el carbón y el petróleo.(...). El capitalismo es una fundición enorme, que mete en su horno a vivos y muertos".

"Como espero que quede claro, el capitalismo tiene una relación única con el desierto, el animista y el virus en la medida en que el capitalismo ve que todas las cosas tienen el potencial de generar ganancias; es decir, nada es inherentemente inerte, todo es vital desde el punto de vista de la capitalización y cualquier cosa puede convertirse en algo más con el ángulo innovador correcto. De hecho, se puede decir que los capitalistas son los más puros de los animistas. Dicho esto, el capital industrial depende de los estados y, junto con ellos, vigila enérgicamente las separaciones entre las formas de existencia, de modo que ciertos tipos de existentes puedan ser sometidos a diferentes tipos de extracciones."

Povinelli también compara el capitalismo con el virus. Como un virus, ni está vivo ni muerto (está hecho de trabajo vivo y trabajo muerto) pero, a la vez, necesita replicarse.

"En otras palabras, al igual que el Virus que se aprovecha de la diferencia entre Vida y No Vida, pero que en última instancia no se une a ella, el Capital ve todos los modos de existencia como si fueran vitales y exige que no todos los modos de existencia sean iguales desde el punto de vista de extracción de valor."
“Debido a que la división de Vida y No Vida no define ni contiene el Virus, puede usar e ignorar esta división con el único propósito de extenderse a sí mismo", explica Povinelli.

Tanto para el capital como para el virus, les interesa marcar los límites y las diferencias entre vida y no vida (el valor se extrae de manera diferente de cada estado) pero, a la vez, tampoco importa en absoluto (la extracción de valor puede tener lugar independientemente del estado).

Povinelli exponé entonces lo que aprendió, entre los aborígenes de Belyeun, la diferencia entre apariencia y manifestación. O entre lo virtual, la imagen... y la atención.

Lo virtual, la apariencia, el devenir virtual e incensante..., frente a la atención y la escucha. Se pregunta: "¿Por qué las interrupciones son siempre algo bueno? "¿Deseamos el devenir virtual e incesante porque nos permiten escapar de algo que es peor que la muerte y la finitud, es decir, la inercia absoluta?"

Según los aborígenes, las cosas existen a través de la atención mutua, "como una forma de obligación mutuamente encarnada".

Y cuenta como Bilawag y Binbin le acompañaron a la playa cuando la marea estaba muy, muy baja. Allí, la antropóloga se topó con huesos de lo que parecían monstruos marinos. Eran fósiles de plesiosaurios. Binbin y Bilawag se alegraron del encuentro, hacía mucho que no iban a ese lugar. Le explicaron que el fósil era una manifestación de su propia pertenencia a ese lugar, aún siendo personas exiliadas.
Las aborígenes distinguían entre una apariencia (gaden) y una manifestación (guman). La apariencia es que esos fósiles eran objetos de unos seres muertos, de una era muerta. La manifestación es “cuando algo se revela como comentario sobre la orientación y obligación de los existentes y exige a esas personas que respondan activa y adecuadamente."
"Las manifestaciones son signos que necesitan atención." "Este no es un mundo inmutable, sino que es un mundo de múltiples implicaciones, modos de existencia, todas las cuales pueden cambiar para ayudar u obstaculizar cualquiera de las partes".
 El desierto, por ejemplo, sucede cuando se le retira la atención, y entonces es cuando esa tierra se manifiesta como "dándonos la espalda".

“En lugar de marcar la diferencia entre Vida y No Vida, preguntémonos ¿qué formaciones mantenemos en existencia y cuales extinguimos?”
 

Los aborígenes no son los únicos que intentan explicarnos esta ontología. El investigador Leroy Little


Bear (nativo Blackfoot) le contó al periodista Don Hill lo que respondieron los ancianos de su pueblo algonquino sobre los fósiles de dinosaurios:
“Los ancianos lo pensaron por un tiempo. La respuesta con la que regresaron fue 'tal vez se olvidaron o dejaron de hacer sus ceremonias de renovación'.” 

Esta respuesta le desconcertó de joven. Pero luego, comprendió: 

 “El paradigma nativo consta de varias claves. Una de ellas es el movimiento constante o el flujo constante." La segunda parte es que todo afecta a todo: "Es la cultura, nuestras visiones del mundo lo que pone orden en lo que aparentemente parece un flujo y está cambiando de continuo". 

"Es casi como si actuaras simplemente como un conducto, como una radio, captando estas ondas que siempre están ahí y fluyen a través de ti y ocurren al mismo tiempo. Solo depende de dónde estés sintonizado". 

“En un estado de flujo, en un estado de movimiento constante, las cosas nunca permanecen igual. Las cosas están cambiando para siempre. Si nos detenemos y pensamos en ello, vivimos en un espectro muy estrecho de condiciones ideales. Entonces, en el mundo nativo, intentamos renovar aquellas condiciones que son ideales para nuestra existencia."


Fuentes:
https://www.e-flux.com/journal/81/123372/geontologies-the-concept-and-its-territories/
https://albertaviews.ca/listening-to-stones/
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